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Recope y el octavo aumento en los combustibles

El precio internacional, ¿es la única variable que condena a dueños de automóviles, camiones y autobuses?

Para trasladarme utilizo dos medios: mis viejas y robustas piernas y el transporte público. Asiduo caminante, cinco kilómetros de marcha es una distancia que recorro con disposición y entusiasmo. Los buses, por su parte, constituyen una excelente ocasión para observar, acurrucado en mi asiento, el incomparable universo de conductas, el apasionamiento, los imperturbables semblantes y la explosión de gestos de esta especie insólita que se denomina a sí misma pensante.

Ambos medios de transporte me resultan baratos y satisfactorios para una vida que, como la mía, no urge de inflamaciones emocionales para sentirse contenta y gratificada.

La propiedad de un automóvil no ha constituido una ambición delirante, mucho menos ahora en que me dirijo, con los residuos de combustible vital que me quedan, hacia el último peaje.

Esto no impide que piense en los dueños de vehículos como en una intrépida hermandad de iniciados al volante de unas máquinas inmanejables para mi bien probada impericia manual. Dichas hermandad, sin embargo, padece mucho a expensas de la Refinadora Costarricense de Petróleo (Recope).

Traba grosera para personas y empresas. En días recientes, aprobó y decretó, como un tiro de pistola, el octavo aumento de los combustibles en tan solo siete meses, concediéndole a nuestro país ser el tercero más caro de Latinoamérica. ¡Es un buen lugar si se tratara de las pruebas PISA!

Pero ocho aumentos en el precio de los combustibles en siete meses arruina el octanaje emocional de todo conductor y traba groseramente la ignición de la energía para emprender un camino hacia la recuperación de agricultores, industriales y todo aquel que requiere combustible para producir o transportarse.

Un día le pregunté a un amigo cómo le iba con la restricción vehicular; me respondió que a cuál de las dos me refería: si a la impuesta por el gobierno o a la impuesta por Recope, tal el furor y la exaltación con que los aumentos salen como un incesante derrame a través de decretos del edificio levantado en el cantón de Goicoechea.

Escala hasta los ¢749 el litro de gasolina súper, remonta a los ¢725 la regular y hasta el diésel se pavonea en ¢597 el litro. Ignoro la diferencia entre súper y regular, pero con súper evoco al corredor Usain Bolt y con regular, a mis lentas caminatas. Pero los dueños de vehículos sí que entienden de semejantes categorías, y saben que el precio de la gasolina súper se ha convertido en un insuperable modo de vaciar sus bolsillos y que el precio de la regular los apremia a reunir al ayuntamiento familiar con el fin de regular o reducir la economía de sus hogares y que, en fin, el diésel cargará un peso más abrumador a los camiones y autobuses que trabajosamente reptan por las carreteras de nuestro país.

Una enorme pregunta, sin embargo, planea como un buitre en las cabezas de los dueños de vehículos y aun en el de los propietarios de sus solas vigorosas piernas: estos groseros incrementos en los costos de los combustibles, ¿se deben exclusivamente al aumento internacional de los precios del petróleo? ¿Es esa la única variable que condena a dueños de automóviles, camiones y autobuses?

En busca de razones. Cuando cursaba el quinto grado de la escuela, le dije a mi madre que la causa de mis fatales calificaciones en matemáticas era exclusiva y únicamente mi maestra.

Me miró y por toda respuesta me ordenó encerrarme en el cuarto y hacer un examen de conciencia acerca de las razones personales que me habían conducido a ostentar aquella peregrinación de regulares.

Me bastaron treinta minutos de encierro para descubrir en mi infantil e irresponsable universo una dilapidación de los recursos que debí emplear de mejor manera (por ejemplo, el tiempo que malgasté jugando mejengas en la plaza frente a la escuela Roosevelt), un frenético gasto de dinero en privilegios que habíamos acordado una camarilla de diez compañeritos (una especie de convención colectiva escolar) y una insensata creencia de que podía derrochar dinero porque mi madre sería siempre el ducto que derramaría lo que necesitara para el bienestar de mi economía personal.

Salí del cuarto, y la bella sonrisa de mi madre me esperaba. Me sentó junto a ella y me dijo que ahora sí podíamos analizar todas las causas para que mi gestión y desempeño no fuera tan deficiente. Hoy, 58 años después, me parece inevitable pensar en la analogía entre mi quinto grado y Recope.

alfesolano@gmail.com

El autor es educador jubilado.