Álvaro Darío Moya Araya. 30 diciembre, 2018

Hace unos días atrás, “cayeron” en mis manos unos textos que, aunque venidos de diferentes autores, tenían un cierto germen de similitud, de convergencia. Esto me llevó, intuitivamente, a una experiencia que podría parangonar con el “asombro”, un sentimiento muy pueril, a la vez que esencialmente filosófico y profundamente humano.

Me refiero a un texto del franciscano conventual Víctor Manuel Mora, titulado “¡No lo sé!”, y otro del pianista y escritor Jacques Sagot, intitulado “Permiso para creer”, de hace poco más de un año. Ambos suscitaron en mí un cierto estupor, de esos que no se buscan, simplemente suceden en la vida, provocan una detención y una cierta apertura a algo más, a la vez que preguntas, pero fundamentalmente una: Quid video? (¿Qué he visto?). Pero como me ha asombrado lo que convergentemente otros han plasmado, creo que es más sensato expresar: Quem vidistis? ¡He aquí lo que se ha visto!

En alguna oportunidad alguien expresó: no se puede encerrar la vida en una idea. Más que una idea que se tenga sobre algo o alguien, la evocación de un sentimiento (no sentimentalismo) revela una presencia, no circunscrita, no determinada, sino abierta, no encerrada, sino libre: omnia definitio periculosa est, me enseñó mi profesor de Derecho.

Hay algo en el sentimiento y en la experiencia sensible que hace entrar en una dimensión de lo cognoscible, una dimensión radicalmente unitiva entre lo que se piensa y se siente (“compenetración emocional y cambio intelectual para enfrentar una realidad experimentada”, según Víctor Manuel Mora), una experiencia a veces fútil subjetivamente, pero subyacente en el ser humano, objetivamente; y, por ventura, irrenunciable. ¡He aquí un rasgo que nos caracteriza! ¡He aquí una experiencia que nos identifica como personas: la sensibilidad!

Como un rayo. ¡Una experiencia sensible, de esas que hacen temblar hasta lo más profundo del ser, de conmover, de evocar un sentimiento y de llegar a conocer a través de él, vale más que muchos razonamientos! ¿Cuántas veces me habrán repetido esta afirmación y no he llegado a comprender aún la magnitud de lo que significa? ¿Cuántas veces más tendré que seguir buscando en esta experiencia fontal, de esas en las que se corta la respiración, en las que parece entrar en la dimensión de la vida mortal o muerte vital, el verdadero acto de conocer uno de los más genuinos y de los, quizá, más olvidados?

Para Sagot, esta no es una forma de placer, sino “una forma superior de la conciencia, un momento de hiperlucidez, una manera de aguzar los oídos y escuchar lo que la vida tiene que decirnos”. Es un instante, pero sabe a “algo más”. No digo que sea prueba de nada, solo constato que es así. ¡Simplemente es!

Quem vidistis? Nos preguntábamos al inicio. Podríamos erróneamente intentar dar alguna respuesta, pero la vida es fundamentalmente preguntas y el ser humano, sustancialmente, alguien que pregunta y se pregunta.

El encuentro interno entre esta consciencia de sí mismo que pregunta y que, a la vez, halla en el otro miles de preguntas irresueltas, pero también miles de sentidos creados por un ánima que busca darse razones, esperanzas e ilusiones y, agregaría, sentido de lo sensible (no es pleonasmo), es donde hoy, como ayer y como siempre buscará toda persona un camino, un “algo más”.

El autor es estudiante universitario.