12 octubre, 2016

Allá por 1963 o 1964, alrededor de las seis de la mañana, todos los días se escuchaba un golpe seco contra la puerta de mi casa. De inmediato, yo empezaba a gritar “llegó el poscópodo” y en carrera, para que nadie se me adelantara, abría la puerta, juntaba el periódico y me sentaba a verlo (en sentido estricto, ya que por entonces todavía no sabía leer y no podía pronunciar bien algunas palabras).

Pudo haber sido cualquier periódico, pero era La Nación.

No sé por qué mis padres estaban suscritos a ese diario ya que eran simpatizantes del Partido Liberación Nacional (el de antes, no el de ahora), pero ese era el periódico qué se leía en la casa.

Después de que yo lo veía, los siguientes en la fila eran mis hermanos. Mi mamá solía leerlo luego del almuerzo, al empezar la tarde, y mi papá al final del día, cuando retornaba de sus labores. Evidentemente, cada vez que alguno de esos lectores descubría que el periódico tenía una página rota, que le faltaba un pedazo o que estaba manchado o rayado, su dedo acusador apuntaba en una sola dirección.

Factores. Por la época en que La Nación era el “poscópodo” de mi familia, se había convertido ya en el principal periódico del país. No existe todavía un estudio histórico que analice en detalle cómo ocurrió ese proceso, pero tres factores parecen haber sido fundamentales.

La Nación estableció muy tempranamente conexiones estratégicas con las agencias de publicidad, en una época en la que este tipo de empresas apenas empezaban a desarrollarse en el país, y esto le garantizó una fuente estable de ingresos.

Asimismo, el periódico modernizó –basado en los modelos de la prensa estadounidense– la organización de sus secciones y la presentación de sus contenidos en un momento en el que sus competidores permanecían todavía fuertemente apegados a los formatos de la primera mitad del siglo XX.

Finalmente, La Nación no se convirtió en un periódico al servicio de un partido político específico, sino que procuró mantener siempre una distancia apropiada con respecto a tales organizaciones y a los gobiernos de turno, aun cuando simpatizara con sus iniciativas y propuestas.

Guerra Fría. En sus primeros años (1946-1953), La Nación se caracterizó por una posición bastante moderada en relación con la política costarricense; de hecho, fue uno de los periódicos que más espacio dio a los comunistas para que se defendieran de las persecuciones posteriores a la guerra civil de 1948.

A partir de 1953, la situación cambió debido principalmente a la intensificación de la Guerra Fría. En una época en que José Figueres y Liberación Nacional eran considerados comunistas o procomunistas por círculos influyentes del gobierno de Estados Unidos, La Nación asumió una posición claramente antiliberacionista y muy crítica del creciente intervencionismo estatal promovido por la primera administración constitucional de Figueres (1953-1958).

Luego del triunfo de la Revolución cubana (1959), el impacto de la Guerra Fría sobre La Nación se acentuó todavía más, un fenómeno favorecido porque, desde 1960 por lo menos, sectores de Liberación Nacional y del Partido Comunista de Costa Rica habían empezado a acercarse.

Tal situación tuvo el resultado paradójico de que, aunque Liberación Nacional disponía de su propio periódico, La República, amplios sectores de liberacionistas, para quienes su identidad partidaria estaba fuertemente influida por el anticomunismo heredado de la guerra civil de 1948, encontraban más aceptable La Nación que La República.

Poco sorprende que, una vez que grupos de profesores y estudiantes de la Universidad de Costa Rica empezaron a radicalizarse, hacia finales de la década de 1960, tendieran a convertirse en críticos sistemáticos de La Nación, un proceso reforzado tras la protesta contra Alcoa del 24 de abril de 1970.

Reactivación. En la década de 1970, a medida que la Guerra Fría se distendía y la política costarricense giraba hacia una posición de centro izquierda, el anticomunismo perdió fuerza en La Nación, que llegó incluso a respaldar la lucha contra la dictadura de los Somoza y se sumó a las celebraciones cuando ese régimen colapsó (1979).

Tal distensión, sin embargo, fue de corta duración. Luego del ascenso de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos (1980-1988), la Guerra Fría se reactivó. En un contexto caracterizado por el impulso dado a las políticas de libre mercado, por la profunda crisis económica que experimentó Costa Rica y por la creciente intervención militar de Estados Unidos en Centroamérica para enfrentar la Revolución sandinista y las ofensivas guerrilleras en Guatemala y El Salvador, el anticomunismo recuperó el espacio que había perdido en La Nación.

Durante esta etapa, el periódico asumió una de las posiciones más controversiales de su historia, al combatir (en vez de apoyar) el plan de paz del presidente Óscar Arias Sánchez (1986-1990), que fue fundamental para desactivar la amenaza de que la crisis político-militar de Centroamérica diera paso a una guerra generalizada.

Luego del colapso de la antigua Unión Soviética (1991) y del final de la crisis centroamericana, La Nación tuvo que reinventarse, no solo en razón de que la geopolítica mundial y la regional habían cambiado, sino debido a que la sociedad costarricense también empezaba a transformarse y comenzaban a surgir nuevos desafíos y demandas.

Tendencias. Desde su fundación hasta ahora, La Nación ha defendido de manera sistemática los principios asociados con la democracia liberal y en la práctica ha sido consecuente con esa defensa, al abrir sus páginas a puntos de vista que no necesariamente comparte y que incluso son críticos de sus políticas editoriales e informativas.

Sistemáticamente también, La Nación ha cuestionado el intervencionismo del Estado y el gasto público, ha promovido privatizaciones primero y aperturas después de actividades bajo control estatal, y ha denunciado la corrupción.

En las épocas en que estuvo muy influida por el anticomunismo, las posiciones de La Nación contrarias a la intervención estatal fueron más fuertes e intensas; en cambio, cuando esa influencia se atenuó o desapareció, el periódico concentró más su atención en el uso ineficiente de los recursos públicos y en la denuncia de la corrupción.

Aunque La Nación nunca ha sido prosindical, algunos de los principales reportajes sobre las difíciles condiciones de trabajo que enfrentan quienes laboran en el sector privado costarricense se han publicado en sus páginas.

“Poscópodo”. A lo largo de sus 70 años de existencia, La Nación ha sido a la vez un actor relevante en la vida política y cultural del país y un espacio importante de su esfera pública. Puesto que ese espacio ha sido y es disputado por grupos y personas con intereses muy diversos, nunca ha estado exento de luchas y tensiones y esto ha contribuido a que permanezca decisivamente abierto.

Con el desarrollo del ciberespacio, esa apertura tiene ahora otra dimensión, cual es el valioso archivo electrónico que La Nación ha puesto a disposición del público, el cual permite tanto a la ciudadanía en general como a las distintas comunidades de investigadores indagar el pasado y el presente del periódico y de Costa Rica.

En una época como la actual, en que cada vez un número creciente de personas solo leen lo que circula en redes sociales, es importante que el “poscópodo” al que se refiere este artículo, y otros como él (aunque no necesariamente de su misma línea editorial), sigan llamando a las puertas –y ahora también a las pantallas– de los costarricenses.

El autor es historiador.