Alfredo Solano López. 2 mayo

Con desaliento, pero con determinación, renuncié durante dos meses a escuchar los noticiarios radiofónicos y a ver los televisivos. Utilizando el exiguo lenguaje de los periodistas de esos medios de comunicación diré que visualizo que en el término de un mes habré sido testigo del colapso de mi mediano depósito de vocabulario, que experimentaré una grave afectación y, en consecuencia, me veré incapacitado para accesar y entender el rico lenguaje de Cervantes, dado que la visitación a las páginas del inmortal español será un acontecimiento ininteligible para mi espíritu.

Me atrevo a aseverar que el 99 % de las noticias comentadas por las constreñidas bocas de estos periodistas están signadas por la pavorosa repetición de estas cinco manidas palabras: visualización, colapso, afectación, visitación y el horroroso término accesar.

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Ellas cunden y fluyen por las bocas de los comunicadores como un cenagoso caudal que los acusa de ser propietarios del más desnutrido vocabulario. Repetidas hasta el hartazgo, pronunciadas hasta el aturdimiento, expresadas con una trastornada exacerbación afirmo que, si la vida les fuera insuflada a estos afligidos vocablos, visualizarían el más vertical de los abismos para hallar la paz en el colapso de sus vidas.

A buen seguro, la afectación sería insignificante, habida cuenta del buen número de sinónimos existentes para cada uno de ellos. «Como pueden ustedes ver este señor es un ejemplo porque no ha sufrido la afectación de los años». «A pesar del aparatoso accidente ninguna persona sufrió una afectación en su salud». «Así que a abrigarse porque la afectación de los vientos será muy fuerte». «Los parques nacionales han experimentado una menor visitación debido a la pandemia». «La visitación a los Ebáis ha disminuido considerablemente». «Los familiares quedaron sorprendidos por la visitación que les hicimos». «Le preguntamos a la policía si podíamos accesar a la calle donde se cometió el asalto, pero nos dijeron que por la afectación del suceso no podíamos hacerlo». «Ningún vehículo puede accesar al puente por los trabajos de mejora que están haciendo. Desde aquí podemos visualizar la maquinaria».

Uso abusivo. El par de ojos de los periodistas ya no miran, advierten, observan, distinguen u otean, solo visualizan. Las cosas ya no se caen, se hunden, se derrumban, se desploman, solo colapsan. Los vientos ya no tumban los árboles, los ríos no se desbordan y causan daños, la pandemia no contagia a grandes cantidades de personas, los aludes no se deslizan hacia la carretera.

Vientos, ríos, pandemias y aludes solo causan una gran afectación. A los parques nacionales ya no ingresan personas, los bares no están colmados de clientes y las familias no viajan a las playas.

En los parques nacionales, los bares y las playas solamente descubrimos visitación. Con devoción he rogado a los cielos (y con desesperados clamores a san Francisco de Sales) para que, junto con el micrófono, el teléfono celular y el cuaderno de notas, los deficitarios comunicadores lleven con ellos un pequeño diccionario de sinónimos.

Exhiben una penuria de vocablos que toda noticia termina vestida con los andrajos de las cinco palabras antes mencionadas. Hace algunos años una noticia trágica apareció en el periódico La Nación: decía que el acervo de vocabulario de los costarricenses a duras penas alcanzaba las 400 palabras.

Pobreza léxica. Semejante cuaresma transmutó las bocas de los ciudadanos en una minúscula oquedad por donde salen, repetidas y manoseadas, unos cientos de las aproximadamente 93.000 palabras que comprende el idioma español, y si, tozudo y necio, continúo escuchando noticias, avances y entrevistas en la radio y la televisión, de mala gana acabaré repitiendo exclusivamente lugares comunes y frases hechas.

Me pregunto si los periodistas y reporteros dedicarán una hora semanal a la enriquecedora lectura de, cuando menos, los breves cuentos de Chéjov y Hemingway, por no decir obras de mayor envergadura y riqueza idiomática.

Convengo en que en el breve espacio de una hora las noticias o los sucesos deben ser descritos con rapidez, eficacia y de modo tal que sean comprendidos por los radioyentes y televidentes; sin embargo, dichas condiciones no justifican que se atormente el oído de quienes las escuchamos narradas con cinco palabras que más parecen haberse constituido en amas de las bocas de los periodistas que en instrumentos para una enriquecedora y ágil comunicación.

De continuar retozando alegremente por esta minúscula charca de vocablos, en vez de navegar por el ancho océano del idioma español, los periodistas estrecharán, estrangularán y, en última y lamentable instancia, influirán en la manera de expresarse de las personas.

El autor es educador jubilado.