Jorge Vargas Cullell. 28 marzo

Mi trabajo es dirigir un centro de investigaciones financiado con recursos públicos. Hoy, pido a la Asamblea Legislativa que autorice el recorte de mi salario y de las personas en condición similar a la mía durante el tiempo que dure la emergencia. Pido, también, que esos recursos vayan a un fondo destinado a la atención de las personas que la están pasando mal.

Hablo por mí, por nadie más, pero espero que alguien ponga atención y muchos pidan lo mismo. Ojalá la Asamblea Legislativa ponga atención, también. Pronto.

Espero, asimismo, que mientras dure la emergencia no se paguen en el sector público una serie de pluses, como el “zonaje” y otros, al personal que no está lidiando en las trincheras de la emergencia sanitaria. Si uno está en la casa, no tiene por qué recibir pluses relacionados con la geografía.

No pido el recorte por estar tirándomela “rico” en la casa. Muy por el contrario, mis colegas y yo estamos trabajando durísimo. Una contribución elemental al país es seguir atendiendo las responsabilidades de cada uno. En nuestro caso, procurando la mejor información y análisis posibles para que ciudadanos y autoridades tomen buenas decisiones. Así que el recorte solicitado no es por andar en “vacaciones pagadas”.

Hay razones éticas y prácticas en esto. Voy con las éticas, primero. Alrededor de todos nosotros hay una tremenda destrucción de empleo mientras yo, personal no esencial en el manejo de la emergencia sanitaria, mantengo tres ventajas: garantía de estabilidad laboral, salario ileso y el resto de la sociedad pagándomelo. En estos momentos, solo contar con la garantía de estabilidad es mucho. No debemos aspirar a que el bolsillo no se toque.

Hay miles de empresas desplomadas despidiendo personal o rebajando jornadas. No porque quieran, sino porque están al borde de la quiebra. Decenas de miles de familias se están quedando sin sustento económico. En no pocas empresas, se les ha recortado salarios a profesionales y gerentes. Por supuesto, siempre hay quienes despiden a los de abajo, pero arriba se siguen sirviendo con cuchara grande. Sin embargo, esa es harina de otro costal. A esa gente hay que identificarla y, al final de este artículo, propongo una idea al respecto.

Hoy, cuando el gobierno necesita más plata para atenuar los efectos inmediatos de la emergencia, que se le caen los ingresos por la recesión económica, es esencial que la plata pública se destine a pagar puntualmente a todos los funcionarios que, día y noche, están en las trincheras de la emergencia sanitaria: médicos, enfermeras, otro personal en salud, policías, recolectores de desechos, personas que cocinan en comedores escolares, técnicos que mantienen las telecomunicaciones en buen estado y la prestación de servicios como agua y luz. Hay que defender con uñas y dientes sus salarios, aun cuando ello signifique que quienes no estamos en la trinchera dejemos de recibir la remuneración completa.

La lista del personal esencial hay que precisarla, con bisturí, para que no se cuelen vivillos. Urge hacerlo. No la tengo fina, pero sí sé que ni yo ni muchos de los profesores y administrativos de las universidades ni los maestros ni profesores del sistema educativo ni los miembros de juntas directivas, gerencias y otros estamentos de los bancos públicos somos personal esencial en esta emergencia. Lo mismo diría de una gran cantidad de administrativos.

Nuestro deber es otro: seguir trabajando en lo nuestro. A nosotros no están pidiéndonos otra cosa que hacer lo de siempre. Solo que mejor porque otros están exponiendo su vida y salud por nosotros.

Nada es mejor que predicar con el ejemplo. Si hablamos de emergencia y de sacrificio común, pues bien, empecemos: sin estridencias, sin gritos, sin “a mí no me toca”, sin, por supuesto, discusiones ideológicas.

Voy a las razones prácticas. Un recorte de ingresos siempre cae mal. Va a generar una disminución en el consumo. Pero ¿y no está ocurriendo esa reducción del gasto en todas partes? ¿O en qué mundo vivimos? Muchos dirán: “Tengo que pagar deudas, tengo un presupuesto tallado”. Cierto, pero, cada vez más, en cientos de miles de hogares las preguntas son: ¿Y cómo comemos? ¿Y cómo pagamos deudas?

También se dice: “No es tiempo de recortar el gasto público”. Cierto, pero recordemos que, a pesar de lo que parezca, de noche no todos los gatos son pardos. Hay gasto de gasto. Es una locura recortar aquel destinado a atender la emergencia sanitaria y las medidas de protección social. Sin embargo, hay otros que no son ni para lo uno ni para lo otro. Ahí, sí puede haber bisturí, mientras dure la emergencia.

No nos escudemos en el marco de generalidades filosóficas. Por supuesto que necesitamos más Estado para enfrentar la pandemia. Empero, no debemos pretender que vayan de coladas cosas en las que sí podemos recortar. Por ejemplo, los salarios de las personas que no estamos en la trinchera.

Ya habrá momento para implementar medidas para la reconstrucción de este país. Hay que ir pensándolas, calladamente, con mucho seso y prudencia. Pero hoy es el día que es. Hoy, toca hablar del sacrificio que cada uno de nosotros debe hacer para ayudar a una causa común: proteger a los más vulnerables.

Una propuesta final: pido a las empresas privadas de este país que informen en cuáles de ellas ha habido recorte de salarios en los niveles gerenciales, profesionales y administrativos. ¿Para qué? Es cuestión de que todos se convenzan de que estamos dando y dando.

Una última cuestión: la gente que me conoce sabe que huyo de los focos públicos. El narcisismo no es mi amigo. Simplemente tuve la necesidad de hablar con voz propia sobre un imperativo ético, con la esperanza de que muchos se sumen. Supongo que habrá reacciones: con los enojados e incrédulos poco puedo hacer, pero con los que están de acuerdo, una petición: ahórrense las felicitaciones y empujemos la idea. Hagámoslo bien: es cuestión de humanidad.

El autor es sociólogo.