1 enero, 2016

Los costarricenses nos sentimos orgullosos y nos ufanamos de nuestro país, de nuestra democracia, de nuestras bellezas naturales, de nuestro pacifismo, de nuestros parques y reservas nacionales, de nuestro solidario sistema de salud, de nuestro nivel de educación.

Nos definimos como gente pura vida, amigable, tolerante y nos percibimos como personas felices, las más felices del mundo.

Cuando visitamos otros países, las comparaciones siempre son a favor de lo nuestro, nos embarga el patriotismo, pronto añoramos Tiquicia y nos llenamos de cabanga.

No disimulamos nuestra satisfacción y nos envanecemos cuando se nos elogia por haber abolido el ejército o por la protección que le damos a los recursos naturales. Tampoco ocultamos nuestro regodeo cuando constatamos que se nos admira por nuestros indicadores socioeconómicos, por nuestro nivel de desarrollo humano, por nuestra calidad de vida.

Nos complace cuando se piropea la afabilidad de nuestro pueblo y nos regocijamos cuando las valoraciones sobre cualquier aspecto de la vida de un país ubican al nuestro en los primeros lugares de América Latina, o cuando en el ámbito internacional se nos reconoce la autoridad moral y el liderazgo en temas como el de la democracia, la paz y el medioambiente.

Pero, paradójicamente, nuestro comportamiento cotidiano es distinto, frecuentemente desbordamos negatividad, pesimismo y desesperanza, todo lo criticamos, nos quejamos constantemente de que el país es un desastre, que todo está mal, que estamos peor que antes, a pesar de las evidencias en contrario.

Esta actitud de inconformidad, principalmente con la gestión del gobierno, del actual y de los anteriores, esa nostalgia por un pasado idealizado, contrasta con la satisfacción que expresamos de ser ciudadanos costarricenses, de haber nacido y de vivir en un país que ha sabido construir un proyecto de convivencia social que, aunque todavía adolece de problemas y deficiencias, puede exhibir importantes logros y es relativamente exitoso.

El descontento con la situación actual, el pesimismo y la incertidumbre por el futuro, actitudes que, por cierto, contrastan con la percepción altamente positiva de nuestra propia felicidad, son conductas que se traducen en un inconveniente desinterés hacia los asuntos públicos y en el rechazo de la actividad política, cuando –por el contrario– lo que se necesita es un ciudadano más preocupado y participativo en los temas que nos atañen como colectividad nacional, un ciudadano que haga oír su voz crítica pero que al mismo tiempo sea propositivo, que exponga sus ideas a la hora de definir el camino que debemos transitar para lograr un mayor desarrollo económico y mejorar el bienestar social de nuestro pueblo.

Ese talante pesimista y derrotista del que hacemos gala en todos los niveles, dirigencia y pueblo, y que tiene al país en un perjudicial estado de parálisis, en el que parece que no vamos para ningún lado y que en vez de avanzar irremediablemente retrocedemos –debido a que cualquier paso que se da hacia adelante sufre la sombra de la sospecha y de los cuestionamientos– debemos cambiarlo por una actitud colectiva más positiva y optimista, indispensable para rescatar la Costa Rica que piensa en grande, que puede realizar grandes obras y heroicas gestas.

Debemos dejar de lado esa actitud quejumbrosa y asumir nuestros deberes ciudadanos, debemos colaborar con el gobierno, nos guste o no su desempeño, para destrabar al país y enrumbarlo por la senda del progreso, debemos tener la certeza de que en el presente tenemos la misma capacidad que en el pasado para enfrentar con éxito las adversidades. En fin, debemos ver con optimismo nuestro futuro.

El autor fue embajador ante el Vaticano.