14 julio, 2014

La gastronomía aprende a versificar rápido, gracias a la comida. Así, su adjetivación, el modo de nombrar los gustos, la metáfora le son ya familiares. Pero… pero se les quema el discurso al sacarlo del horno. ¿El secreto? Carecen del ritmo de los poetas, capaces de trabajar a fuego lento el menos significativo de los platos. Y la diferencia se refleja, sobre todo, en la materialidad con que los Neruda, Vallejo y otros acceden a las papilas gustativas y la fantasía de poner las palabras a las brasas.

Pienso aquí en Vinicius de Moraes (1913-1980), brasileño, creador de la bossa-nova y en su soneto-proclama que comienza: “No comeré de la lechuga el verde pétalo,/ ni de la zanahoria sus hostias deslucidas/ Que queden los forrajes en boca del ganado. /Y de quien hace dietas en amor y en comidas”.

No por nada Vinicius mastica la frase (recuerden el estudio de Rimbaud y las vocales: la A es negra; la E, blanca; la I, roja; la O, azul y la V, verde). El efecto subconsciente de esta alquimia mata la dieta, y el poeta insiste, persuade: “No he nacido rumiante como el buey/, ni, cual conejo, roedor; nací onmívoro:/ quiero frijoles negros con arroz”. Para cerrar con giro de barrilete: “Y un bife y queso fuerte y aguardiente/ Y moriré feliz, del corazón/ De vivir sin comer inútilmente”.

Humm… ¿tiene hambre?

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