Gerardo J. Soto. 30 julio

Se cumple medio siglo sin que Costa Rica tenga una erupción volcánica de gran magnitud o de características catastróficas por sus daños y muertes (aunque no sea una erupción enorme). No es que las grandes erupciones sean tan frecuentes, empero, la creciente ocupación del territorio y las vulnerabilidades que hemos construido, pueden pasarnos una factura indeseada hasta con una erupción moderada.

No estábamos acostumbrados a las tragedias volcánicas, excepto a la ceniza del Irazú, o bien cuando la ceniza se mezcló con lluvias torrenciales y originó lahares letales en los suburbios de Cartago a fines de 1963, hasta que el Arenal explotó la mañana del 29 de julio de 1968, y nos mantuvo muchos días en vilo y temerosos de otra tragedia mayor, que por dicha no se dio.

Deben reforzarse los programas de estudio en ciencias para que todos los niños y jóvenes sepan aspectos básicos de cómo se comportan los volcanes

Aprendizaje con fuego. En las cinco décadas que nos separan de aquel terrible evento, el Arenal nos enseñó mucho sobre cómo funcionan los volcanes, qué esperar de ellos, cómo mapearlos, cómo estudiar su historia eruptiva e intentar comprender su comportamiento. Construimos mapas de peligros para varios volcanes y los usamos para tratar de ordenar el territorio, así como aprendimos a auscultar los volcanes en sus tiempos de quietud o inquietud, y poco a poco hemos enseñado a las autoridades políticas y a la población que convivir con los volcanes en un territorio geológicamente activo implica constancia, paciencia, estudio, inversión y educación.

En gran parte por ese aprendizaje, los otros volcanes que han erupcionado en la última década, como el Turrialba (2010-hoy), Rincón de la Vieja (2011-hoy) y Poás (2017) no han sorprendido ni molestado mucho.

Cierto es que no han provocado grandes erupciones como el Arenal, posiblemente porque por su colosal tamaño la mayor parte del magma encuentra diversos caminos entre fracturas dentro de la pila volcánica y acaba dentro del “edificio”, haciéndolo crecer desde dentro; solo aparece y erupciona una parte del magma.

Previsiones. No nos cabe duda de que tendremos volcanes en erupción en el futuro. Hasta lo harán los que no lo hacen hace siglos o milenios. Algunos han tratado de responder si estamos preparados para afrontar una nueva emergencia como la del Arenal en 1968 o la reciente del volcán Fuego en Guatemala. Hay seis aspectos fundamentales que deben tener una atención prioritaria.

Primero, sabemos que se han desarrollado sistemas de monitoreo eficientes en los principales volcanes activos, pero incompletos e insuficientes en volcanes que podrían causarnos muchos problemas, como el Barva o el Platanar.

Segundo, si bien se ha avanzado en el mapeo geológico de varios volcanes y la cartografía de sus amenazas (como Arenal, Turrialba, Irazú, Poás, y Rincón de la Vieja), estos deben actualizarse y uniformarse con los nuevos conocimientos, tecnologías, modelos computacionales, software y mapas topográficos.

Tercero, falta trabajar en mapas geológicos y de amenazas en detalle para otros volcanes (como Platanar y Barva) por un solo ente rector que debería ser el Servicio Geológico Nacional, el cual se ha planteado fundar desde hace más de medio siglo.

Cuarto, el territorio debe ser reordenado con base en las conclusiones de esos nuevos mapeos geológicos y de amenazas (como se hizo con el Arenal y parcialmente con el Turrialba), pues no se debe confiar en que, al ser los derredores de los cráteres principales parques nacionales, eso nos salvaguarda.

Quinto: incluso los parques nacionales deben evolucionar en el manejo de sus propios territorios. A principios de los noventa habíamos solicitado la construcción de albergues de protección temporal ante explosiones en el Poás y es hasta ahora que se logran empezar a construir. ¿Qué medidas preventivas hemos tomado y cuáles deberíamos contemplar en áreas de visitación turística? Deberían existir planes de manejo y acción más avanzados para los volcanes activos e inactivos, a partir de mapas y simulaciones actualizados respecto a las que ya existen. En el Poás están trabajando en ello, pero faltan otros parques con volcanes en seguir el ejemplo.

Sexto, deben reforzarse los programas de estudio en ciencias para que todos los niños y jóvenes sepan aspectos básicos de cómo se comportan los volcanes y en general el planeta Tierra. Y ese conocimiento debe proyectarse a las comunidades periféricas de los volcanes, las cuales deben ser capacitadas una y otra vez con simulacros en que los gobiernos locales y los ciudadanos estén involucrados junto con los entes nacionales.

Estos seis puntos primordiales implican trabajo, tiempo y dinero y, en particular, una coordinación casi faraónica a cargo de un capital humano y equipo muy especializados. Cabe concatenar esto con investigaciones similares y paralelas respecto a fallas activas y otros aspectos geológicos que aún desconocemos, pero que nos hará mucho bien social y económico conocerlos bien y pronto.

El autor es geólogo y vulcanólogo.