11 agosto, 2014

El cumpleaños (suyo, mío, de alguien) parece desafiar cualquier tipo de malicia. Nos fiamos de él ciegamente, apenas aterrizados en el planeta; y juramos añadir, cada 365 días, un año más al total que –claro– se agranda con el tiempo; y, que yo sepa, el único, único, apoyo de tamaña certeza es la simple anotación de una fecha en un libraco de un registro civil.

La diosa Natura suele hablarnos a través de simetrías o regularidades cósmicas: ritmos (día, noche), secuencias (estaciones, dos o cuatro), coincidencias astrales (eclipses) y así por el estilo. Nada de esto sucede cuando uno “cumple” años: sería bueno que les informe de que, mientras escribo, ahora mismo, la Tierra se desplaza hacia la estrella Vega a una velocidad de 22 y ½ km por segundo y que, al cabo de un año, nos habremos alejado 630 millones y pico de km del punto actual.

No repetimos ni de cerca el mundo de nuestro natalicio, ni siquiera el Sol sigue donde estaba. No, no, la semejanza entre el 1 de agosto del 2014 y el 1 de agosto del 2015, para poner un ejemplo, es cero. Por eso, cuide el juicio, mi amigo: ¿qué sentido tiene festejar un hecho que usted no recuerda?

Tendría más lógica celebrar el no-cumpleaños, algo que ocurre en el país de las maravillas de Alicia. Pero, mejor, ni le demos la idea a un comerciante: ¿se imaginan un año de regalos de todos contra todos?

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