Carlos Molina Jiménez. 30 octubre

A principios de los años 80 del siglo pasado, el término neoliberal trascendió en ciertos países (en particular latinoamericanos) a la palestra pública. Esto sucedió unos 50 años después de haberse incorporado el vocablo al lenguaje del debate especializado, y luego de haber detentado por un tiempo, aunque usted no lo crea, un significado casi contrario al que adquiere a partir de ese momento.

¿Qué llegó a significar entonces neoliberal? Designaba a aquellos que defendían una vasta ampliación del mercado, asociada a una disminución del Estado a su mínima expresión. Así, el término condensaba un concepto: una opción teórica y práctica atingente a las esferas socioeconómica y política, caracterizada por la preponderancia asignada a los mecanismos de mercado en la vida social.

Es lamentable y preocupante que, en gran medida, esta desvirtuación del término haya ocurrido en las universidades

Ese planteamiento era propulsado, sobre todo, por individuos y grupos ligados a actividades que habían prosperado bajo la tutela de esos mecanismos o que profesaban ideologías que reducían la acción del Estado a la pura coacción.

Era adversado por otros individuos y grupos cuyas fuentes de ingresos dependían de una amplia presencia estatal o cuyas actividades eran tales que solo podían desenvolverse de manera óptima dentro de los formatos de la acción pública. También se sumaban a este bando aquellos a quienes sus convicciones morales los llevaban a despreciar y condenar un ámbito de actividad presidido por el reinado del interés particular.

Cascarón. Pero toda esta riqueza conceptual se pierde conforme neoliberal deja de ser un término portador de un concepto. ¿Qué es lo que ocurre? Que se relega su contenido sustancial para conservar tan solo su cascarón pasional y pendenciero.

Se convierte, primero, en una divisa ideológico-política que sirve para prodigar sumariamente identidades afrentosas. Luego, deviene en insulto, apropiado para ofender y descalificar. Por último, desemboca en arma arrojadiza equivalente o, aún peor, a un mentonazo de madre.

Ser llamado neoliberal constituye así una condenatoria total, la degradación a lo más vil e indigno. No obstante, el (des)calificativo se prodiga con extrema facilidad. En ciertos ambientes (burocrático, sindical, universitario), se le endilga a quienquiera que difiera de uno.

Pero esto no es ni más ni menos que una malversación del término. Su utilización indiscriminada y antojadiza conduce a que, por querer significar demasiado, ya no signifique nada. Se pierde todo su contenido crítico para quedar reducido a mera expresión de rabia y rechazo.

Pero los mayores perdedores no son los así (des)calificados, sino quienes habrían podido utilizar el concepto como herramienta cuestionadora, como instrumento de revelación y análisis de ciertos aspectos problemáticos del proceso socioeconómico.

El origen. Es lamentable y preocupante que, en gran medida, esta desvirtuación del término haya ocurrido en las universidades. ¡En este caso han hecho justamente lo contrario de la tarea que les corresponde cumplir!

El ruin resultado final es simple y sencillo: el neoliberal convertido en el malo de la película, dentro de un melodrama esquemático y plañidero, digno de la peor telenovela.

¡Qué manera de dilapidar y depreciar un concepto¡ ¡Se sustituye la impugnación inteligente por el insulto grosero, sin tener que mudar de palabra!

Una única recomendación: cuando usted profiera el vocablo neoliberal mantenga la lengua conectada al cerebro y no solo al hígado. Procure asignarle un contenido preciso al término para que esté en verdad diciendo algo y no solamente expresando su furor. Para esto último bastaría con un simple gruñido.

El autor es filósofo.