Oswaldo Gutiérrez Sotelo. Hace 5 días

Vivir a costa de los demás es una de las características más notables de la naturaleza humana. Su forma más visible es la esclavitud, aunque hoy difiera de la que existía en la antigüedad y de la que asoló al mundo entre los siglos XVI al XIX.

La sufren miles y miles de personas, esclavizados por tratantes y traficantes –quienes suelen proceder del mismo origen– en forma de prostitución, contrabando, inmigración o trabajo infantil; en contraparte, hombres y mujeres libres están esclavizados por sus deudas, puntualmente cobradas por los bancos emisores de sus tarjetas de crédito; la mayoría trabaja horas extra solo para pagar todo lo que consumió, en su mayor parte, sin necesitarlo.

El ciudadano pobre no desperdiciará, si se le presenta, la oportunidad de explotar a otro más pobre en labores agrícolas, de albañilería o domésticas

Los gobernantes extraen una parte del fruto del esfuerzo de las personas para administrar los servicios públicos esenciales, pero también utilizan ese dinero para enriquecerse –sin necesidad de robar– porque, a pesar de que el ciudadano no puede auditar la gestión de sus impuestos, no puede negarse a pagarlos.

Ciertos empresarios cabildean para exonerarse de tributos que los demás pagan, o secuestrar clientes y mercados y, en no pocos casos, cobrar al erario el triple por obras o servicios mal hechos.

Líderes sindicales, burócratas y empleados públicos oportunistas exigen su porción, en forma de beneficios, bonos, premios, vacaciones, permisos y pensiones, financiada con dinero público; vagabundos y conformistas viven de bonos y alimentos “solidarios” del Gobierno, sin trabajar, a cambio de votos u otros servicios inconfesables.

Todo ese dinero, que excede largamente lo que la producción nacional puede financiar, se paga mediante endeudamiento, cuyos intereses los paga la gente que trabaja. Inversionistas, prestamistas y especuladores de capital se aseguran rentas y dividendos, cosechados también de la producción nacional.

Interminable cadena. De lo que queda, el ciudadano promedio es remunerado y alivia sus cargas eludiendo impuestos y contratando servicios y personas informales, de menor costo; y si es microempresario, no le paga a su empleado el tiempo laboral extraordinario ni las cargas sociales; “prohibido” enfermarse.

El ciudadano pobre no desperdiciará, si se le presenta, la oportunidad de explotar a otro más pobre en labores agrícolas, de albañilería o domésticas. Y en el seno de las familias, los más emprendedores y laboriosos suelen llevar en hombros no solo a sus dependientes (lactantes, discapacitados, ancianos o enfermos), sino también mantener a los parientes o cónyuges holgazanes.

Los comunistas y los anarquistas querían desaparecer esta estructura nacional económica piramidal, eliminando la propiedad privada y la autoridad; los socialistas querían eliminar el Estado y reemplazarlo por una dictadura del proletariado; los utópicos admitían el Estado, el cual tenía que planificar la sociedad y decir a cada uno y a toda la nación en qué debería trabajar y cómo vivir.

Pero la realidad histórica es solo una: comunistas o socialistas, capitalistas o imperialistas, libre mercado o libre comercio, siempre, unos vivirán a costa del trabajo de otros. El punto de equidad está en que todos vivan como quieran vivir, con libertades, justicia y oportunidades, sin coacciones y sin exclusiones. A pesar de nuestra naturaleza humana.

El autor es médico.