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Miseria política

Nadie se ha levantado de su silla para apoyar a los migrantes que van hacia EE. UU. Ni cancilleres, ni presidentes, ni la OEA, ni el SICA.

En el horizonte asoma un inevitable choque de trenes. O al menos eso esperaríamos si resta algo de dignidad a la diplomacia centroamericana.

De un lado, el rabioso toro nórdico de pelambre rojizo, bufando y rascando el suelo, mientras enfila su cachera hacia la frontera.

Del otro, la miseria centroamericana huyendo de una realidad invivible: la de aquellos países imposibles donde les tocó nacer a esos desafortunados que hoy caminan porque no les queda otra que escapar porque migrar es, esencialmente, eso: escapar.

Se trata de víctimas de la centrífuga que representa la corrupción absurda que se sufre en esas naciones fallidas que, a su tiempo, ignoraron al general Francisco Morazán.

Estados que no alcanzan más que como colonias del cinismo político más desenfadado. O lo que es igual, como reductos de obscena y oprobiosa desigualdad.

Son miles de centroamericanos que hoy sobreponen la esperanza a la experiencia, y que, desde la más supina ignorancia –que es a la vez su mayor condena–, tienen claro que así no se puede vivir.

Solo les queda arriesgar la propia vida, en ese, su último intento por sobrevivir, para no resignarse por el resto de sus días a la ruleta rusa que supone la violencia palmaria del crimen organizado y el más ignominioso olvido institucional.

Las mujeres con infantes preocupan casi tanto como los menores no acompañados.

Hondureños, salvadoreños, nicaragüenses, guatemaltecos. ¿Acaso importa la nacionalidad cuando lo que está en “juego” es la vida?

La OEA. Si bien la cautela se impone al hilvanar comparaciones para todo aquel que haya estudiado a fondo el engendro nacional socialista alemán, es lo cierto que ello no alcanza para obviar paralelismos inocultables.

¿Realmente puede el presidente de una potencia militar, cuyo ideario centrado en la libertad ha iluminado durante más de dos siglos bajo la égida de los derechos humanos y la democracia, volver a caer en el simplismo de la amenaza como recurso diplomático? ¿Es acaso aceptable como disuasorio retórico que un gigante militar fije tal mensaje antihumanitario y ante las piedras de unos menesterosos hambrientos ordene balas a mansalva? ¿Y si no es pura retórica? ¿Habrá que esperar a que caigan los primeros muertos? ¿Acaso no sería lógico esperar la dignidad y valentía de otros Estados latinoamericanos, en principio soberanos, anteponiéndose a esa amenaza indignante?

Cabe recordar que a la OEA corresponde, según su Carta (numeral segundo, inciso d): “Organizar la acción (estatal) solidaria en caso de agresión”.

Se trata de los Estados Unidos, se apresurarán a decir alguno. ¿Y qué? Plantearemos otros con pie firme.

Debe activarse cuanto antes el solio del Consejo Permanente de la OEA. Incluso se impone una reunión de cancilleres para abordar con sentido de urgencia, pero sobre todo de humanismo, esta nueva crisis migratoria, condenando sin reservas ni malsanos cálculos diplomáticos, que lindan en la indignidad más condenable, semejante agresión.

El SICA. Tampoco cabe disimular el oprobioso silencio del Sistema de Integración Centroamericana (SICA) que, en momentos críticos como este, es cuando más muestra sus deformidades históricas y disfuncionalidades crónicas.

Que a estas alturas tampoco haya reunido a los ministros de Relaciones Exteriores, como antesala de una urgente reunión de presidentes centroamericanos para plantarse en raya frente a Trump y prevenir la concreción de su inaceptable amenaza contra centroamericanos que no suponen peligro y más bien sirvieron últimamente de chivo expiatorio electoral a los republicanos, dice mucho de las debilidades del Sistema y da razón a quienes acusan su disfuncionalidad palmaria.

Los Estados. A fin de cuentas, se impone buscar base en lo nacional, visto que ni la OEA ni el SICA son entidades con luz propia. Ambas instituciones terminan siendo lo que los gobiernos hacen de ellas. Por lo que si bien con enorme potencial, lo cierto es que han sido consuetudinariamente minusvaloradas por los jefes de Estado y los cancilleres centroamericanos, quizá no tanto en el discurso, como sí en sus presupuestos y prioridades geopolíticos.

“Si alguien lanza piedras o rocas se les podrá disparar porque si te dan con una piedra en la cara…”, ha dicho Trump.

El silencio de los presidentes y cancilleres centroamericanos, pero también la desidia de la sociedad civil centroamericana y latinoamericana, dice de una sombra que hoy recorre el subcontinente: miseria política. El nuevo nombre del lacayismo de siempre.

pbarahona@ice.co.cr

El autor es abogado.

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