Carolina Gölcher Umaña. 15 marzo

La mentira es parte de nosotros, de quienes estamos atravesados por una subjetividad cuya necesidad en ocasiones es transgredir algún hecho concreto: una mala calificación, una llegada tardía, un olvido; en fin, fallas cometidas. Sin embargo, cuando mentir se convierte en una conducta continua o comienza a deformar la moral de una persona, de una familia, de una sociedad, donde incluso se le otorga un nombre, posverdad, debemos reconocer estar frente a un problema. Pero se han preguntado por qué y qué nos pasa.

Desconozco las respuestas. Posiblemente Friedrich Nietzsche lo tenía más claro porque afirmó que “el hombre se olvida de su situación y, por tanto, miente inconscientemente”. Entonces, ¿mentimos porque nos olvidamos de nuestra realidad o mentimos para olvidarnos de nuestra realidad?

Hago referencia a la mentira no en su condición patológica, la mitomanía, sino al engaño en los hechos, pero, sobre todo, a las vidas vividas bajo disfraces.

En nuestro país la deuda por el uso de tarjetas de crédito asciende a más de un billón de colones. Si me permiten la simpleza al señalar que el crédito es aquel dinero que en efecto no se posee, ¿por qué gastar lo que en realidad no se tiene? ¿Cuál vida por encima de las posibilidades reales está simulando la gente? ¿A quién le están mostrando esa ficción? ¿Necesitan de la mirada de admiración o incluso de envidia de los otros para encontrarle algún sentido a su existencia?

El diccionario acoge para el término existencias la acepción de “mercancías destinadas a la venta, guardadas en un almacén o tienda”. Cuando un producto se agota, deja de existir, entonces, si no tenemos nada que mostrar a los demás ¿dejamos de existir? Bajo esa premisa, resultaría en extremo angustiante una vida carente de adornos.

Máscaras. Parece, entonces, que vivimos en la civilización del fetiche, urgidos de postizos para escondernos, y, como apuntó Milan Kundera, para disfrazarnos; he ahí la gran caída social del siglo XXI y, por tanto, la condena que transmitimos a las generaciones venideras: somos lo que mostramos.

La televisión atiborrada de dudosos reality shows, con personas, historias y afectos falsos hasta la náusea; lecturas que nos venden instrucciones para vivir historias de éxito y bienestar, en una sociedad lastimada por el malestar en la cultura; redes sociales desbordadas de exhibicionismo y narcisismo, persiguiendo el anhelo de ser “visto” cueste lo que cueste; tratamientos estéticos que pretenden –y de hecho consiguen– desdibujar lo real de un cuerpo imperfecto, de un cuerpo “demasiado humano”. Frente a esos escenarios, no dudo que vivir rodeados de fabulaciones esté incidiendo, para mal, en nuestra salud mental.

Ser uno mismo. Quizá llegó la hora de asumir que uno nunca está a la altura de la ficción construida de sí mismo. Sí, reconozco que es una proposición sentenciosa e incómoda, pero no por ello falsa.

¿No es a partir de los propios desencuentros y decepciones que nos vemos obligados a resignificar lo que deseamos y cómo lo deseamos? De eso se trata existir, y mal haría en no mencionar que Jean-Paul Sartre ya hace mucho tiempo señaló que “quien es auténtico asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es”.

Entonces, ¿qué hay de malo en consentir en tener la vida que poseemos? Eso de ninguna manera expulsa el deseo por estar mejor, la pasión por luchar, la elección de vivir pase lo que pase. Atrapados entre las imposturas y las mascaradas, estamos hambrientos de autenticidad y no de simulacros.

No puede ser que la única manera de enfrentarnos al vacío sea creando ilusiones. Soy testigo fiel de que los seres humanos somos capaces de construir a partir y a pesar de la falta. Vivamos relaciones verdaderas, vidas verdaderas, verdades verdaderas.

La autora es psicóloga y psicoanalista.