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La tragedia moral de la pólvora clandestina

Las quemaduras de cuarto grado destruyen hasta las fibras de dolor, razón de peso para recordar nuestra responsabilidad colectiva

La reciente y trágica explosión en lo que al parecer era una fábrica de pólvora clandestina, en un barrio de Aguacaliente de Cartago, nos desnuda como sociedad y revela una vez más la crisis de valores que atravesamos.

Trabajar la pólvora en la clandestinidad y, por tanto, sin condiciones de seguridad, transgredió en demasía el principio de responsabilidad social individual, un mayor compromiso moral que la de los adultos que consienten el acceso de niños a material pirotécnico.

La acción de responder por los propios actos, cumplir obligaciones en la sociedad y respetar al prójimo fueron lesionados en el actuar de los culpables del estallido.

Empero, debemos mirar también a los testigos silentes, que decidieron no denunciar la fábrica de pólvora clandestina y a los que empujados por la necesidad laboral comprometen sus valores al trabajar en ella sin seguridad ocupacional, capacitación en primeros auxilios, ropa adecuada, etc.

Dentro de las culpas y responsabilidades que como sociedad debemos asumir en este trágico evento, se encuentra la responsabilidad social del Estado, sobre todo en lo preventivo. Los juegos pirotécnicos, en un ejercicio de ponderación, conllevan más peligros que beneficios, su acción negativa sobre animales, niños y personas con trastorno del espectro autista, entre otros, es demostrable.

Debemos seguir el ejemplo de países donde, debido a las heridas y mutilaciones por el uso inapropiado de pólvora, esta solo se puede adquirir para fuegos artificiales con permiso, como en Suecia, o en la ciudad de Berlín; en Polonia, los juegos pirotécnicos están prohibidos en las fiestas al aire libre.

Si bien hay que penalizar a los fabricantes y comerciantes de pólvora ilegal, las acciones deben dirigirse al comprador, donde nace la demanda, y avanzar como sociedad madura hacia la proscripción de los fuegos artificiales domésticos y nacionales.

En su lugar, dar espacio a otro tipo de espectáculos de luces y música que fomenten de mejor manera la cultura y el arte.

Lo anterior debe acompañarse de actividades con vistas a la sensibilización, a crear conciencia sobre los peligros del uso de pólvora no solo para los humanos, sino también para los animales y el ambiente.

Solo así podremos dejar atrás el vivo recuerdo de personas con quemaduras de cuarto grado, que destruyen hasta las fibras de dolor, lo que explica la ausencia de quejidos en las tristes imágenes que vimos en diciembre.

Es hora de definir los valores y principios que como sociedad nos van a caracterizar, así como volcar nuestra mirada al rostro de los niños, no solo con una mirada empática, sino también compasiva, que se refleje en acciones concretas con el fin de lograr, de manera eficaz, evitar más quemaduras, mutilaciones y muertes por culpa de la irresponsabilidad colectiva.

Los autores son médicos.

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