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La reacción a mi artículo sobre Macron

Todos tenemos derecho de opinar, pero también tenemos el deber de respetar lo que opinen los demás

Este medio publicó recientemente en estas páginas de opinión un artículo de mi autoría con respecto a la posición asumida por el presidente francés, Emmanuel Macron, contra el peligro para los demás que representan las personas que no quieren vacunarse («La razón de Macron», 19/7/2021).

Hubo reacciones que, estadísticamente, estaban un 90 % a favor y un 10 % en contra de lo escrito. Las opiniones que me enviaron a favor o de acuerdo con lo expresado las agradezco, como también doy gracias a quienes disintieron. Sin embargo, voy a referirme a aspectos curiosos de los comentarios negativos recibidos.

Se me acusó de ser un «matón de mesa de tragos», militante de alguna suerte de inquisición a lo Torquemada, de ser hombre de poca fe y un «esbirro pagado por La Nación» para escribir este tipo de artículos.

Lo expresado en mi artículo es mi opinión personal, como la de cualquier otra persona. Todos tenemos derecho de opinar, pero también tenemos el deber de respetar lo que opinen los demás.

He leído publicaciones más radicales que las mías, así como también opiniones plácidas e irrelevantes, y todas son igualmente respetables.

Así, lo que más ofende de las opiniones negativas sobre mi artículo es que me llamen esbirro de La Nación. A mí nadie me paga por escribir ni lo aceptaría por expresar lo que pienso, pues eso me convertiría en una especie de meretriz mental, que no lo soy.

Por otro lado, la opinión más generalizada, y ha sido expresada por muchos políticos y miembros de gobiernos de países europeos y americanos, es que quien no se vacuna es como un conductor ebrio, es decir, alguien egoísta capaz de hacer daño a los demás, de herir o matar a inocentes que nada tienen que ver con quien así actúe.

Los que no se vacunen, dicen los expertos, seguirán siendo una fuente de propagación de este y de todas las variantes por venir del virus, que ya ha acabado con la vida de cuando menos 4 millones de personas en el mundo.

¿Es eso justo? ¿Es justificable que algunos se crean mejor que los demás, que crean que tienen algún superpoder inmunitario? Y, lo peor, ¿que crean que porque a ellos no les da la enfermedad no son transmisores activos del virus? ¿Quién es entonces el matón en la mesa de tragos?

No es cuestión de fe ni se trata de creer en las vacunas o no, o en la mágica inmunidad natural de aquellos que se dicen naturalmente inmunes. Es un asunto de solidaridad: si la humanidad no se vacuna, el SARS-CoV-2 seguirá transmitiéndose y matando gente. Punto. Es una verdad científica que trasciende el ámbito de la fe.

La mayoría está de acuerdo con este hecho, y yo estoy de acuerdo con la mayoría y de acuerdo con la ciencia como luz en la oscuridad, como expresé en mi artículo anterior. Por tanto, ¿quién es el inquisidor? ¿Quién propaga el oscurantismo en contra de la humanidad?

A fin de cuentas, lo importante no es lo que se diga de mí o lo que opinen los demás sobre el tema, pues todas las opiniones son igual de respetables.

Lo trascendente no son las opiniones, sino la verdad. La verdad debe primar, en especial en una situación de vida o muerte como la que estamos enfrentando, y si no luchamos todos, si no colaboramos todos, si no aportamos todos a la lucha, no vamos a ganarla.

El que no sepa o no quiera marchar que se salga de la fila, que no espere que lo confinen, haga lo que es su deber: confinarse solo y dejarnos pelear a los demás.

rprotti@geotestcr.com

El autor es geólogo.