Rafael León Hernández.   6 septiembre

Meses antes de casarnos, fuimos a conocer la que sería nuestra primera casa y Malinche ya estaba ahí, atenta y vigilante. Tiempo después, compramos una casita de perro para un cachorro que nacería pronto y teníamos prometido, pero ella se deslizó bajo el portón de la cochera y se adueñó del espacio. Así empezó nuestra relación: no la adoptamos, ella lo hizo con nosotros.

A Malinche la habían bautizado en el barrio. Llegó allí unos cinco años antes que nosotros. Acompañaba al guarda en sus recorridos nocturnos y dormitaba en nuestra casa durante el día. Comía cuanto le dieran los vecinos, pero no era, ni fue nunca, propiedad de nadie.

Ella me enseñó que estar sumamente enfermo no es razón suficiente para echarse a morir

Jugaba con los niños, les ladraba a los extraños y me escoltaba cada mañana de la casa hasta la parada del autobús. Un día cometió el error de ladrarle a un motociclista y él intentó corresponderle con una patada; perdió el equilibrio y cayó sobre ella con todo y motocicleta. Nosotros andábamos de compras, pero el guarda nos llamó para contarnos lo sucedido: el motociclista se había ido y ningún vecino se había asomado para hacer algo por Malinche, que había quedado tirada en la calle.

Volvimos tan rápido como pudimos y la llevamos al veterinario. Tenía cortaduras, quemaduras y raspones, un tendón cercenado, perdió un par de dientes y la vista parcialmente. Necesitó rehabilitación para volver a caminar y una serie de cuidados que nos tomaron mucho tiempo, pero dieron maravillosos frutos.

Algunos vecinos se acercaron para reclamar su derecho sobre “la perra que vigilaba en las noches”, pero desaparecían en cuanto hablábamos de compartir gastos. Desde entonces, pasó de ser la perra del barrio, a ser miembro de nuestra familia con todos los derechos.

Salvadora. La casa se fue llenando, primero con más perros, luego con nuestra hija. Y Malinche recibió a cada uno con la misma gratitud que nos mostraba a nosotros por haberla salvado, porque lo crean o no, ella lo sabía.

Estuvo al lado de mi esposa durante todo el embarazo, incluso acostumbraba recostar delicadamente el hocico sobre su vientre. Al nacer la bebé, empezó a dormir bajo la cuna. Conforme el tiempo pasó, soportó los jalones de orejas y cola, los abrazos, los disfraces que le ponía para jugar con ella y, cuando la pequeña quiso colaborar con la alimentación de la manada, aceptó sin reclamo la lentitud con que se le servía la comida.

Como buen zaguate, reconocía nuestras tristezas y nos consolaba, compartía las alegrías y brindaba otras de su propia cosecha. También hacía travesuras dignas de ser recordadas, pues tenía una habilidad casi gatuna para subirse en los sitios más inesperados.

Mali, como le decíamos de cariño, se convirtió en personaje de mi primera novela para niños, pues no podía dejar de escribir sobre un amor tan puro como el suyo y empezó a ganarse el cariño de personas que jamás la conocieron.

Envejecimiento. Nosotros fuimos envejeciendo y ella también, pero más rápido. Luego enfermó.

La lista de sus padecimientos aumentó con el tiempo y fue requiriendo más cuidados. En la casa, todos ajustamos nuestras rutinas para brindarle la atención que necesitaba, pero valió la pena porque, hasta el último de sus días, ella siempre supo amar y corresponder al cariño que se le brindaba. Ella me enseñó que estar sumamente enfermo no es razón suficiente para echarse a morir.

Murió al final, en efecto, porque después de 17 años no le quedaba más remedio, pero seguirá presente en la imaginación de los niños que lean sobre su amor sin condiciones y en el corazón de quienes fuimos su familia.

Hay quienes dicen que los perros no van al cielo, hay quienes dicen que los humanos tampoco. Pero si de justicia se tratara, muchos perros nos llevarían la ventaja.