Fraser Pirie R.. 20 marzo, 2018

Hace 70 años, en una semana como esta, en el caluroso mes de marzo, mis padres, Alexander y Judith Pirie, retornaban a la dichosa aventura de vivir en Costa Rica. Volvían del temor y la inseguridad de la Segunda Guerra Mundial, que devastó los pueblos de Europa.

Mi padre prestó servicio como mayor en el Ejército canadiense, que en ese momento se desmovilizaba y los hombres se incorporaban a la vida familiar en las granjas y los pueblos.

Nuestra juventud no conocerá el batallón militar, porque nunca más engrosarán las filas de una marcha fantasma

Guerra civil. Al aterrizar en el aeropuerto de La Sabana, un automóvil de la embajada británica los esperaba para conducirlos hasta Cartago, su ciudad natal.

Cartago se encontraba inmersa en nuestra guerra civil y la incomodidad empezó a sentirse en las cercanías del Ochomogo, cuando un piquete les requisó los equipajes y, ante la molestia inmensa de mi madre, les tiró las pertenencias a la calle.

Así fue como, saliendo de una sangrienta guerra, llegaron a establecerse en un país inmerso en un conflicto armado. En este contexto, a mi padre lo invitaron a unirse a la revolución, pero él declinó el ofrecimiento porque venía cansado de la sangre, la destrucción y la desolación.

Estos jóvenes venían en busca de paz y a trabajar en los bienes familiares que, al igual que los de muchos otros inmigrantes, se forjaron bajo el amparo de las cosechas de café y el comercio.

Con la madurez que me traen los años de vivir en la paz que cobija nuestro territorio nacional, es que puedo ser capaz de agradecer a los dos grupos de combatientes del 48. Los jóvenes liberacionistas tuvieron la sabia visión de abolir el Ejército, convirtiendo a nuestra patria en un país único en el mundo. Un mundo que admira y respeta los valores que enarbolamos, al igual que el verdor de nuestras montañas y valles.

Gracias a ellos, nuestra juventud no conocerá el batallón militar, porque nunca más engrosarán las filas de una marcha fantasma. En esos tiempos, se otorgó el voto sagrado a las mujeres y se dio el privilegio de obtener la ciudadanía costarricense por derecho de nacimiento. ¡Vivimos en uno de los más respetados países del mundo!

Ley del Calzado Escolar. En este mismo sentido, en 1941, el gobierno del Dr. Calderón Guardia abrió los recintos del Teatro Nacional a unos doscientos niños para presenciar un espectáculo. El presidente se percató de que los niños estaban descalzos y el 18 de junio de 1941 procedió a presentar la Ley del Calzado Escolar.

El gobierno empezó a calzar a los niños de nuestro país. Fue un acto heroico y trascendental, como también lo fueron el Código del Trabajo, la Caja Costarricense de Seguro Social y la Universidad de Costa Rica.

En Costa Rica, es natural mandar hoy a los niños calzados a la escuela y sacar una profesión. Vivimos en un marco de garantías sociales y laborales gracias a esos visionarios y grandes hombres. A mediados de los 40, se otorgaron inmensas garantías sociales en beneficio de todos los costarricenses. Las leyes de ese entonces se respetaron convirtiéndose en las bases de la nueva Costa Rica.

Hoy, recordando con gratitud las generaciones pasadas, sus líderes y sus proclamas, podemos disfrutar de los resultados positivos de esas enormes luchas de hace 70 años.

El autor es empresario.