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La ilusión es posible

Es la hora de abrir nuestras ventanas. Dejar entrar la luz y no permitir que las crisis actuales apaguen nuestra ilusión

Tensiones económicas y políticas, descomposición social que engendra corrupción, sumadas a la feroz e incierta guerra contra la pandemia, son hechos que pueden ir minando una fuerza vital que nos engrandece, aporta energías y anticipa alegrías: la ilusión. Atravesar el presente no está siendo fácil. ¿Habremos perdido algo en el camino?

Difícilmente se puede encontrar ilusión en una sociedad fragmentada con la que no nos identificamos. Una sociedad que quizás ha perdido su identidad, su norte. Restaurarla requiere reflexión y acción. Todo cambio social supone una decisión que empieza en nosotros mismos. Los problemas no están en las estructuras sino en las personas que las conforman. Esta casa de todos está a oscuras. Quizás hemos ido poco a poco cerrando sus puertas, sus estancias.

Por las ventanas de la ilusión entra la fuerza necesaria para mirar al futuro con alegría. Despierta en nosotros sueños y metas por lograr. Proyectos e ilusiones caminan juntos. Se dice que la bondad es hija del esfuerzo. Del trabajo. Da ilusión ver crecer unos hijos, una empresa o una institución. No es algo ilusorio. La ilusión pude moverse en el plano de lo posible cuando se lucha seriamente por lo que vale la pena. Lo que vale cuesta. El ideal es arduo. Alcanzarlo es ilusionante. Verlo morir por el abandono es frustrante.

La apertura al conocimiento es otra ventana hacia la ilusión. El saber enriquece, cultiva la inteligencia, amplia horizontes. Abre rutas hacia nuevos puertos. El aprendizaje no está exento de dificultades. Supone esfuerzo. Fuerza de voluntad. Estudiar puede convertirse en una actividad gratificante. Culminar una carrera. Abrir las páginas de un libro. Finalizarlo. Descubrir nuevas perspectivas y formas de comprender las cosas. Captar nuevos tonos y contornos. Asombrarnos al comprender que existen aprendizajes que durarán toda la vida.

La mayor ilusión a la que podemos aspirar consiste en ser amados y amar. El gran argumento de nuestra vida es el amor. Sabernos amados supone una ilusión que, de alguna manera, puede cambiar nuestra existencia y dotarla finalmente de sentido. Amar es un verbo activo que invita a la libertad, otra gran amiga de la ilusión y se compromete con ella.

Quien tiene ilusión espera. Sabe resistir y tener entereza de ánimo. No pierde la esperanza cuando toca a la puerta la triste, sombra de la decepción, pues sabe que hay certezas que pueden superar el miedo y la desilusión. Ver de frente la verdad y encararla requiere valor. Ante tanta carencia de honradez descubrimos que hay un problema ético en la raíz de nuestro escepticismo. Muchos no se comprometen con la verdad. Son hipócritas y la llaman mentira.

Jorge Manrique afirmaba que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero pienso que entre todos aún podemos hacerlo más grande: “La vida es muy corta para hacerla pequeña”. El tiempo presente siempre será un buen momento para agradecer el gran regalo de la vida. Por algo Virgilio dejó escrito que “mientras el río corra, los montes hagan sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria de beneficio recibido en la mente del hombre agradecido”. Es tiempo de solidaridad. Tiempo de generosidad. En las calles y aún en las casas hay mucha desesperanza, desilusión y desamor. Mantengamos un compromiso honesto con quienes lo necesitan, poniendo el esfuerzo necesario, para ir hacia un mañana mejor. Es la hora de abrir nuestras ventanas. Dejar entrar la luz y no permitir que las crisis actuales apaguen nuestra ilusión.

foro@nacion.com

La autora es administradora de negocios.

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