Leda Muñoz.   18 febrero

Las propuestas educativas han sido diseñadas por siglos basadas en la certeza de que un conjunto de saberes y habilidades iban a seguir teniendo vigencia y relevancia más allá del tiempo que los estudiantes pasaran por el sistema educativo.

Saber leer y escribir, manejar conceptos básicos de matemáticas y ciencias, conocer la historia propia y de los demás, han sido fundamentales para una participación activa en la sociedad. Si bien surgían cambios continuamente, eran los suficientemente graduales como para proporcionar tiempo al sistema para adaptarse.

La llamada Cuarta Revolución Industrial muestra una velocidad exponencial y una amplitud y profundidad de penetración como nunca antes en la historia de la humanidad. Prácticamente, todos los ámbitos de la vida humana, aun los privados, están siendo invadidos por las nuevas tecnologías. Las biotecnologías amenazan con una disrupción mucho más drástica, la cual tocará la definición misma del ser humano.

Solo una educación lúcida y eficaz nos puede salvar. Una educación diseñada con bases científicas y construida de cara al futuro (y no desde el pasado, como ha sido hasta ahora)

Los tiempos para el ajuste y el replanteamiento de las propuestas curriculares de los sistemas educativos, tradicionalmente medidos en años, ya no funcionan. Más grave aún, el “contenido” dejó de ser el centro de la propuesta educativa, los estudiantes cuentan con acceso casi ilimitado a información en su bolsillo, es decir, en el teléfono celular.

Si la inteligencia artificial (AI) y los robots amenazan con usurpar los puestos de trabajo, desde la manufactura –donde tienen un largo camino andado– hasta la medicina, entonces, ¿qué debemos enseñar a las nuevas generaciones?

A ciegas. No sabemos cuáles serán las tecnologías ni los oficios existentes dentro de 25 años, pero siempre será fundamental formar personas cuya capacidad sea la rapidez de aprender, comprender y aplicar creativamente lo que saben. Es decir, personas desarrolladoras de sus capacidades cognitivas y afectivas para saber pensar, crear y colaborar. Además, será necesario dominar con solvencia el mundo digital (programación, robótica, big data, pensamiento computacional, etc.).

El debate mundial da pistas. Por ejemplo, la publicación del pasado 12 de febrero en The New York Times titulada “Los dos códigos que sus hijos necesitan conocer”, resume las conclusiones de estudios de la junta que administra las pruebas SAT de admisión a las universidades en EE. UU. sobre cuáles son los mejores predictores de éxito en la educación superior y en la vida. Según el estudio, son saber programar y conocer la Constitución de su país. Es decir, ser “chofer” al navegar por el mundo digital, más que pasajero, y comprender los principios definidores de la sociedad donde se vive.

El historiador y escritor israelí Yuval Harari, en su reciente libro 21 lecciones para el siglo XXI va más allá y afirma que el gran desafío que se nos viene encima no son la IA y la robótica, sino la posible división tajante de la humanidad en dos tipos de seres humanos: quienes dominan los algoritmos y el manejo del big data porque serán los que controlen todo ese arsenal tecnológico; y los otros seres humanos, quienes serán manipulados por los primeros a través de la tecnología, hasta niveles de “programación” cognitiva, emocional y ética, convirtiendo a este segundo grupo en seres “irrelevantes”: grandes masas programadas para el consumo, el trabajo y cualquier otra cosa requerida por los primeros.

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De nada valen los parches. Solo una educación lúcida y eficaz nos puede salvar. Una educación diseñada con bases científicas y construida de cara al futuro (y no desde el pasado, como ha sido hasta ahora).

Los cambios que este giro demandará son profundos y complejos, y no se arreglan con parches, sino más bien con un nuevo y fresco diseño. Se requerirá de las mejores mentes y de muchas disciplinas para orquestar ese cambio, aunque ya estamos rezagados con respecto a casi todas las otras áreas de la actividad humana.

Necesitamos comprender mejor los tiempos actuales y tomar acciones contundentes urgentemente, antes de quedarnos condenados al grupo de los irrelevantes.

La autora es directora de la Fundación Omar Dengo