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La corrupción de la ventaja indebida

Este fenómeno de corrupción no es nuevo ni está focalizado en los sectores políticos, sino que con el paso del tiempo ha ido adentrándose en el seno de familias costarricenses

La más reciente noticia de que más de 54.000 personas se beneficiaron indebidamente del bono Proteger, ocasionándole un daño al erario público de más de ¢10.000 millones, resulta, más que escandalosa, indignante y lamentable. Estamos hablando de que al menos 54.000 personas, incluyendo funcionarios públicos, se aprovecharon de la buena fe —y los escasos controles— de las instituciones estatales para, literalmente, robarles a los costarricenses valiosos recursos que, en medio de la crisis fiscal y sanitaria que atravesamos, se hubiesen convertido en un verdadero salvavidas para muchos.

Este fenómeno de corrupción no es nuevo ni está focalizado en los sectores políticos, sino que con el paso del tiempo ha ido adentrándose en el seno de familias costarricenses que, motivadas por el egoísmo, la incapacidad estatal para brindar soluciones y la ausencia de valores morales, han buscado sus propias estrategias para subsistir en medio de las dificultades.

Ello, en consecuencia, ha generado una escalada en la cantidad de anomalías que se presentan en la gestión pública y que, como se muestra, no necesariamente tiene su origen en «políticos deshonestos», como muchos lo hacen parecer. Sin embargo, es evidente que, ante la ausencia de controles adecuados, el aprovechamiento de ventajas indebidas es más que probable.

El problema, a mi criterio, es estructural. Vivimos en una sociedad plenamente egoísta que ha hecho de la llamada «ley del más fuerte» su estilo de vida, donde no importa dañar a quienes están alrededor con tal de estar bien, donde prima el interés individual sobre el bienestar del mayor número y del bien común, y donde se exigen soluciones para los problemas propios sin importar qué tanto ello pueda afectar a los demás.

La ausencia de integridad ética y moral es absoluta. Esto provoca, a su vez, la deformación en los procesos educativos familiares, toda vez que los más jóvenes toman como ejemplo lo que observan en sus hogares, razón por la cual el riesgo de tener futuras generaciones que repitan el mismo patrón de ventajismo ilegal es cada vez mayor.

Aunque parezca extraño, todo lo anterior también tiene repercusiones en el ámbito político. Esto por cuanto los resultados electorales suelen convertirse en un reflejo de lo que es nuestra sociedad y que ha tenido como consecuencia la selección de personas no aptas para ostentar cargos de representación popular que se aprovechan de sus puestos para legislar en beneficio propio, o bien, de minorías no representativas.

En otras palabras, la toma de decisiones políticas basadas en emociones e individualismos provocan elecciones erradas que en el corto plazo generan arrepentimiento, tal y como ha ocurrido en el pasado reciente. Entonces, la frase de Joseph de Maistre de que «cada pueblo tiene el gobierno que se merece» tiene validez en casos como este.

Responsabilidad compartida. No obstante, si bien es cierto el egoísmo y la falta de empatía con el sufrimiento de los demás son, en gran medida, responsables de lo que hoy vivimos como sociedad, hay un grado de responsabilidad que también es achacable a la mala gestión política. Cuando un gobierno no es capaz de brindar soluciones integrales, perceptibles y en el corto plazo, las familias se sienten, por lo general, traicionadas y abandonadas por sus representantes.

Entonces, al perder la confianza en quienes ostentan el poder, buscan la manera de solventarse sus propias necesidades sin tener que acudir a aquellos en los que ya no confían. En consecuencia, tal incapacidad de gestión se convierte en un detonante de las deformaciones o vacíos morales en la sociedad.

Con todo lo anterior, en esta tarea lo que menos se debe procurar es justificar al corruptor. Tampoco se trata de definir si el huevo del egoísmo nació de la gallina corrupta, o si la gallina corrupta nació del huevo del egoísmo.

Por el contrario, creo que es tiempo de poner las barbas en remojo y evitar repetir los mismos patrones que desde hace algunos años han colocado a nuestro país en una crisis ética, moral, política y familiar.

Se trata de pensarnos más como sociedad y menos como individuos, de entender que el bienestar del mayor número trae consigo bienestar individual y no al revés, que las representaciones no deben ser singulares, que los ciudadanos no somos solo un número y que, como decía Marco Tulio Cicerón: «La honradez es siempre digna de elogio, aun cuando no reporte ninguna utilidad, ni recompensa, ni provecho». A lo mejor, si nos lo proponemos, nos vaya mejor en el futuro cercano.

nathamej@gmail.com

El autor es politólogo.

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