Francisco Quesada. 21 agosto

La migración es un fenómeno mundial. En casi todas las sociedades del mundo hay reacción contra los migrantes, el temor al extranjero que es un intruso, un desconocido. Sin embargo, en el contexto nacional, la realidad muestra que no se trata simplemente de xenofobia, sino más bien de la llamada aporofobia, pues el extranjero es particular: un extraño que es pobre y trae consigo las desventajas de la pobreza.

El término español “aporofobia” tiene dos raíces griegas: áporos (pobre) y phóbos (temor). Se trata de un neologismo definido por la Real Academia Española como “fobia a las personas pobres o desfavorecidas”. En Costa Rica, más allá de una fobia, podría tratarse de una aversión hacia la persona pobre, sin educación, insalubre, bárbara, incivilizada, en fin, la lacra de la sociedad que viene a “robar” el trabajo.

Hay que ser realistas, la hospitalidad tradicional costarricense constituye hoy una utopía altruista para una sociedad cada vez más individualista, indiferente y violenta contra el mismo costarricense pobre

La aporofobia, lejos de crear una solución a la pobreza, la inserta en la cultura en la medida en que crea las condiciones de marginación de las personas pobres en la sociedad sin proponer soluciones.

La filósofa española Adela Cortina forjó el término “aporofobia” entre los años 1995 y 2000 para explicar el fenómeno de rechazo hacia el migrante pobre. En el libro Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia, Cortina trata “ del desprecio al pobre, del rechazo a quien no puede devolver nada a cambio, o al menos parece no poder hacerlo. Por eso, se le excluye de un mundo construido sobre el contrato político, económico y social, de ese mundo del dar y recibir, en el cual solo pueden entrar los que parecen tener algo interesante que devolver como retorno”.

El “discurso del odio” contra el migrante pobre no tiene justificación desde ninguna perspectiva ética y, por tanto, es repudiado, pues se trata de una estigmatización a priori de la persona sin elementos morales de juicio, condenándola a la pobreza sin que pueda salir de la marginación.

La solución que ofrece Cortina es sensata: “El camino para superar los delitos y los discursos del odio es la construcción de la igualdad desde la educación, formal e informal, y desde la conformación de instituciones políticas y económicas que la encarnen”.

Límites del “pura vida”. La reacción contra el pobre migrante desde la situación de pobreza nacional quizá sea la paradójica característica de la aporofobia costarricense. El “tico” que es “pura vida” por naturaleza difícilmente reaccionará contra los extranjeros norteamericanos o europeos, pues son turistas que vienen con dinero a disfrutar de las bellezas naturales.

La aporofobia supondría aquí una jerarquía de pobreza, un sentimiento de superioridad del pobre sobre el más pobre, esto es un reclamo de derechos que el otro miserable puede adquirir por ser pobre, pero que no debería tener por ser más pobre.

Cierto, la pobreza migrante añade un problema más a la crisis fiscal que atraviesa Costa Rica. Pero la democracia costarricense puede refundarse sin desatender la presencia del migrante. El concepto tradicional de democracia debe abrirse a la cuestión de la pobreza del costarricense y del migrante, y crear las condiciones y estrategias de trabajo para que todos puedan aportar al fisco, sin la evasión del rico indiferente de la pobreza.

Hay que ser realistas, la hospitalidad tradicional costarricense constituye hoy una utopía altruista para una sociedad cada vez más individualista, indiferente y violenta contra el mismo costarricense pobre, pues, como arguye Cortina, la aporofobia constituye también una vergüenza para la misma familia.

La aporofobia encuentra un caldo de cultivo en el fundamentalismo religioso. La aporofobia puede ser un problema para una sociedad cuando la riqueza se vincula con la bendición de Dios y cuando se rechaza y condena al pobre injustificadamente por la simple razón de que la pobreza conlleva en sí misma una carga simbólica inmoral.

El autor es teólogo y bioeticista.