25 diciembre, 2016

En el evangelio de Lucas (7,16-35) hay un texto intrigante, porque refiere que Juan el Bautista manda a sus discípulos a preguntar a Jesús si él es el esperado. Jesús no responde directamente, sino que cura. Luego, parafrasea un texto de Isaías, donde se habla de hacer ver a los ciegos, limpiar a los leprosos de su enfermedad, hacer oír a los sordos, hacer andar a los cojos, resucitar a los muertos y anunciar la buena noticia a los pobres.

Apenas se van los emisarios, Jesús comienza a hablar de Juan con la gente que le está en torno: “¿Qué salieron a ver en el desierto?”, les pregunta. Es obvio que se refiere al profeta, pero las palabras de Jesús son irónicas, porque hacen referencia a realidades bien conocidas por sus contemporáneos.

¿Acaso Juan era un hombre de bellos trajes, como la familia herodiana? ¿O vivía en suntuosos palacios, como los potentes y ricos de su tiempo? ¿O era como una caña doblada por el viento?

Esta última expresión es, por demás inquietante, porque la familia herodiana había tomado como símbolo para sus monedas las cañas que crecen en el lago de Galilea, que se mecen con el viento y que nunca demuestran una estabilidad.

Para la gente contemporánea de Jesús, la metáfora evocaba las componendas políticas de la familia herodiana, demasiado proclive a complacer a Roma para mantener su poder. Pero, al mismo tiempo, todas estas imágenes nos hablan de la banalidad de una vida que no es auténtica, porque nos hace pensar en apariencias, riquezas y compromisos para mantener privilegios. Juan el Bautista, prosigue Jesús, era el más grande nacido de mujer, aunque todavía es muy pequeño para el Reino de Dios.

Gran profeta. La tensión entre los elogios y la relativización de la figura de Juan es muy significativa. En primer lugar, porque ejemplifica la necesidad de distanciarse de un mundo demasiado banal y efímero, que se pretende un absoluto histórico, así como lo hizo Juan. Pero tomar distancia no basta. En segundo lugar, porque al esfuerzo de relativización de la banalidad debe contraponérsele otra cosa, la disposición a la solidaridad y a la convivialidad.

Juan el Bautista era un gran profeta, porque había tomado distancia de la riqueza y del poder político y religioso, y deseaba que la gente encontrara la razón de su vida en aquellas tradiciones que habían hecho de Israel un pueblo libre.

Pero se quedaba corto, era necesario entrever otras actitudes esenciales para que una transformación de las personas tuviera lugar. Esto nos lleva a otra pregunta: ¿por qué Juan tuvo que preguntar? ¿No era evidente lo que hacía Jesús?

En realidad no, así como no lo son los miles gestos de solidaridad que a diario se presentan delante de nuestros ojos. Juan exigía rectitud de conciencia y de acción de manera radical, metía a todos en el mismo saco: todos se habían distanciado del bien. Jesús, en cambio, no lo veía de esa manera.

Es fácil pensar que nuestra sociedad solo siembra el germen de la banalidad, pero eso no es cierto. La gente tiene consciencia y sentimientos, elementos claves para pensar un cambio social radical y no violento.

“Dictador”. En el mismo evangelio de Lucas, Juan parece exigir pocas cosas a la gente que acude a su bautismo, pero en realidad él se presenta como una especie de “dictador” de las conciencias. Nada más lejos de las opciones de Jesús, que en sus polémicas no esconde sus convicciones, pero tampoco las impone a rajatabla.

Jesús buscaba la libertad, no la bondad programada, permitir que otros caminaran (es decir, actuaran con libertad), desatarlos de la enfermedad (o sea, del rechazo por el miedo social a lo diverso) y hacerlos ver y oír (pensar con libertad y rectitud).

No es que Juan el Bautista estuviera errado en su motivación o en su inspiración, es solo que era limitada, así como muchas cosas que agenciamos nosotros.

¿Qué alternativa existe a la banalidad? No una, cientos, incluso miles. Basta que nuestra actitud existencial sea la correcta: no hay que escandalizarse de la posibilidad de encontrar lo auténtico en el discernimiento común.

En otras palabras, la causa escondida de tantos males sociales es la pretensión de que nuestra verdad es única y necesaria, la medida de cualquier bien que otros hagan y, por ello, reniega de la creatividad y de la discusión abierta y franca.

Cuando defendemos a rajatabla que poseemos la verdad, el otro se convierte en un enemigo simbólico. Surge, entonces, el odio y el atropello. Pero Juan era de los que se atrevía a preguntar, porque sabía que la verdad era más grande que él.

Juicio crítico. Volviendo al texto de Lucas, la narración continúa con unos dichos de Jesús que hacen un juicio crítico a su propia generación. Llama a la gente de su tiempo “chiquillos”, porque son caprichosos y no están contentos con ninguno de los juegos propuestos por los otros: un auténtico berrinche.

En efecto, ni el ascetismo de Juan fue aceptado por la sociedad, ni lo fue la alegría que Jesús experimentaba al sentarse a la mesa con todos los marginados sociales. Eso se llama testarudez colectiva, choteo irresponsable, falta de acción. En otras palabras, banalidad.

El texto termina en el versículo 35 con una frase enigmática: “Pero la sabiduría se ha justificado en todos sus hijos”. Es decir, en aquellos que actuaban con sabiduría, esta se ha ratificado como verdadera.

¿Quiénes son estas personas? Aquellos que reconocen en la historia las propuestas de vida que generan auténtica libertad y que buscan comprometerse en la construcción de la justicia.

Son aquellos que se dejan provocar para razonar mejor, que no son indiferentes a los demás, ni defensores de ideologías baratas sacadas de Internet.

Esta actitud la mantienen porque se miran primero a sí mismos, se juzgan en profundidad, reconocen sus límites y errores y están dispuestos al cambio. Son aquellos que no soportan vivir en la banalidad de un egoísmo aislacionista.

La banalidad es una gran tentación, porque nos permite ser irresponsables con todos los demás. ¡Cuántos ejemplos de banalidad hay en los discursos que oímos a diario en todos los ámbitos! ¡En política, en la calle, en casa, en los medios de comunicación social! Desmarcarse de los otros para vivir solo para nosotros mismos es una posición cómoda, pero que solo genera berrinches. Esto significa incapacidad para unirnos en un proyecto común de mejora de nuestra sociedad. ¡Cuánta necesidad de la sabiduría tenemos!

El camino para alcanzar esa manera de vida más auténtica y humana, sin embargo, no está lejos de nosotros. Basta dejarse curar del egoísmo.

El método de Jesús era muy simple: sentarse a compartir la mesa, dialogar, atreverse a reconocer el sufrimiento ajeno y, sobre todo, a dejar que lo mejor de nosotros mismos salga a la luz en gestos de solidaridad cotidiana.

Viviendo así, nuestra mente se abrirá y podremos razonar con cordura. Esa fue la respuesta de Jesús a Juan, que esperaba el día en que sus esperanzas se hicieran realidad.

El autor es franciscano conventual.