17 julio, 2016

Muchas cosas se alinearon para encontrarme con don Fernando Guier en la vida. Una de ellas, la principal, que él fue el mayor protector legal del duro periodismo investigativo de mi padre, Guillermo Fernández, algo que mi familia entera agradecerá por siempre.

También, que él dio la pelea por nuestro amigo Bosco Valverde, cuya dignidad, ante una jueza injusta, defendió incluso después de que el periodista falleciera.

Y hay otra razón, que fue su medalla más conocida: su lucha libró al continente de la absurda y vergonzosa colegiación obligatoria de los periodistas.

Por todo eso, crecí escuchando hablar de don Fernando. Y por eso, también, en gran medida, estudié leyes.

También, por esos motivos, en mi mundo adolescente se construyó el deber de conocerlo en persona algún día, y mi papá se encargó de enlazarnos. Yo era nuevo estudiante de Derecho, con toda la furia por aprender sobre libertades, periodismo y derecho público, y él, un señor elegante, cultísimo, que a los 75 años seguía litigando con total lucidez, y con una picardía y un afán de contrariar que nunca se extinguieron y de los cuales aprendí lo que pude.

Energía joven. Cuando nos conocimos, todo fluyó muy bien. En adelante, nos adoptó a mi esposa (en aquel entonces novia), Samantha Fonseca, y a mí, y nos hizo sentir como sus nietos. Decía que le dábamos energía joven, que lo alegrábamos, y empezamos a reunirnos en su casa periódicamente durante unos tres años, con la amable atención de su dulce y generosa esposa, doña María José Acosta, artista de nacimiento y de formación.

En cada reunión, conversamos por horas y tomamos bastante vino. Por él, en las más bellas tardes de cine que he vivido, Samantha y yo conocimos de Fellini y de Bergman. En literatura, nos introdujo a Unamuno y nos regaló ensayos de Orwell.

Junto a él vimos videos de Anna Netrebko. Decía, con pasión, que la soprano era “perfecta”. Recuerdo que él amaba la película Citizen Kane y se sabía de memoria las líneas de los personajes y las repetía frente al televisor.

En una de esas tardes, vimos juntos una graciosa película argentina llamada La suerte está echada. Él la había visto antes y, para introducirla, nos preguntó antes de poner play: “¿Ustedes son de las personas que esperan a que llegue o son de las que van a buscarla?”, refiriéndose a una de las escenas que pronto veríamos en la película. La respuesta de nosotros hoy no importa. La de don Fernando, sin duda, siempre fue: “Yo voy a buscarla”.

Cruzadas. Una vez le pregunté que si hubiera podido ser un personaje del cine, quién le habría gustado ser. Don Fernando estaba sentado en su sillón de lectura, en medio de su biblioteca personal en Escazú, donde confluyen sus miles de libros con los de su fallecido padre. Recuerdo que le dio risa y me dijo: “¡Siempre quise ser Indiana Jones!”.

Él lo decía a sabiendas de sus luchas, de sus últimas cruzadas, de su pasión, de su amor por ser libre y genuino, de sus ganas de plantarse ante los arbitrarios y de su corazón rebelde.

Que el periodismo no olvide lo que le debe a don Fernando. Que su recuerdo sea ejemplo de que la pasión con método, persistencia y rigurosidad cambian países completos.

El autor es periodista de datos.