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Improcedente posición sindical

Más de medio millón de contagiados y más de seis mil fallecidos son cifras que no admiten una irresponsabilidad personal

A los ocho años de edad caí enfermo con un padecimiento extrañísimo: fiebre amarilla selvática. La sola mención de la jungla hizo que el médico le ordenara a mi madre mi exilio forzado al último cuarto de la casa, mi plato y cubiertos fueron rigurosamente separados y mi ropa era lavada en una olla de agua caliente, cual si fuera un apestado.

Después de quince días de tormentosa reclusión, escuché las consoladoras palabras de mi madre: «Tuvimos que aislarte y cumplir todas las indicaciones del doctor para protegerte y que no contagiaras a toda la familia». Comprendí y me colgué de su cuello.

Hoy me he visto en la urgencia de volver a atender las indicaciones médicas y, como también lo ha hecho una gran parte de nuestros conciudadanos, descubrí mi brazo para ser pinchado dos veces. Esta vez se trata de protegerme y de no contagiar a mi gran familia costarricense.

Más de medio millón de contagiados y más de seis mil fallecidos son cifras que no admiten una irresponsabilidad personal que sume más ferocidad y dolor a esta pandemia. Sin embargo, algunos insensatos, en cuyas cabezas germinan sospechas y prodigiosas conspiraciones, se han eximido de responsabilidad social y se niegan obstinadamente a ofrecer su brazo.

Habrá que conducirlos poniendo en sus rebeldes almas un mandato que venga de afuera, en vista de que en su interior anidan un «yo» y una distorsión de la realidad tan colosal y egocéntrica que les impide darse cuenta de que su salud y la de los otros, así como la vida entera, es un estado tan fluctuante como perecedero.

Con un exceso de tolerancia que me abochorna, puedo aceptar que protesten y que por sus bocas arrojen palabras tan desatinadas como «imposición», «coacción» y «violencia» contra la soberana voluntad personal, pero no que una asociación como la ANEP, cuya misión reivindica a los cuatro vientos la defensa de la clase trabajadora, que afirma ser «incluyente», que respeta los «derechos humanos» y que distingue la «reflexión» como una cumbre humana, manifieste que recomienda la vacuna, pero la obligatoriedad hará sentir a algunos de sus afiliados «coercionados» y, por tanto, debe respetar los criterios de quienes no se quieren vacunar.

Estas palabras hacen que la mencionada inclusión sea doblegada por una minoría que desea excluirse de ser solidaria con la salud de los demás, que los citados derechos humanos sean el predio exclusivo de una porción y no de la totalidad y que la sabia reflexión se convierta en espejo del absurdo.

Cuando escuché las manifestaciones de los representantes sindicales, mi porfiada ingenuidad fue derribada como una enclenque edificación: esperaba oír que la asociación, completamente comprometida con el bienestar de los trabajadores afiliados, los instaba a apresurarse a los vacunatorios para evitar que el virus, como salvaje y súbita bestia, hiciera presa de ellos.

Y para no sustraerse a las recurrentes disputas y conflictos con el presente gobierno, pensé que la ANEP persuadiría a sus asociados a dar una lección a las autoridades oficiales, anticipándose con soberana voluntad personal a la vacunación sin ser «coaccionados» por una orden superior.

Esta vez, sin embargo, las cosas giraron en sentido contrario a las manecillas del reloj: la conducta consecuente que ante una emergencia sanitaria nos instruye sin excepción a colocar el interés privado debajo del propio fue desechada como se arroja a la basura la filiación a una familia y el compromiso con la sociedad.

Que 200 o poco más de funcionarios no deseen vacunarse es una cantidad que no debe pisotear la esperanza de quienes hemos sido responsables. En la travesía de la vida y el trabajo siempre encontraremos minorías irreflexivas y empecinadas que querrán abatir el bienestar de la mayoría. Pero su ominosa acción está sustentada en premisas tan erróneas como inconsistentes.

Ya lo decía hace 400 años Madeleine de Souvré, escritora francesa del siglo XVII: «La ignorancia y la presunción son la causa de la terquedad, porque las personas obstinadas solo quieren creer lo que ellos mismos pueden imaginar, y pueden imaginar muy pocas cosas».

alfesolano@gmail.com

El autor es educador pensionado.