Foros

Hoy Costa Rica se lamenta

Tras disminuir los conflictos internacionales, la violencia se trasladó a lo nacional y hoy por hoy la violencia derivada del narcotráfico tiene a los países contra la pared.

En julio de este año, la cantidad de homicidios había superado la totalidad registrada en el 2006, imponiéndose así una expresión inequívoca del aumento de la violencia en nuestro país: en los últimos diez años, el desborde de la cultura de ilegalidad es tal, que los homicidios prácticamente se duplicaron.

Lo peor es que la cifra no ha parado de crecer. A excepción meritoria de los dos últimos años de la administración Chinchilla, quien priorizó en estos temas con una preclara política de Estado en seguridad, que hay que saber leer –y reconocer–, a partir de un hecho incontestable: los homicidios per cápita decrecieron sensiblemente. Pero ello solo para empezar a escalar otra vez a partir del 2014, en el gobierno de Solís, con Gamboa y Mata guiándolo en la materia con enfoque policíaco.

Y así llegamos a este año, criminalmente, el más violento de nuestra historia.

Sin embargo, la inseguridad no soporta tesis explicativas únicas ni lineales. Y justamente por ello es que a escala internacional se ha generado consenso alrededor de la “Seguridad Multidimensional”.

Hace quince años, la OEA reconoció en la Declaración de Bridgetown que “la seguridad en el hemisferio abarca aspectos políticos, económicos, sociales, de salud y ambientales”.

Sin descontar que ya desde la primera Cumbre de las Américas venía despuntando este enfoque: “Para hacer frente a todos los aspectos de estos problemas es necesario un enfoque integrado y equilibrado que incluya el respeto a la soberanía nacional”.

Esa visión multifactorial –aunque no se suela mirar desde ese balcón– es producto del fin de la Guerra Fría. En una palabra: de la geopolítica multilateral. Y, aunque no guste aceptarlo, del reacomodo de fuerzas internacionales, más que de las condiciones políticas internas.

Nótese, para ilustrar esta afirmación categórica, que en el mundo la cantidad de guerras civiles disminuyó tres cuartas partes entre 1994 y el 2005. Y en el último cuarto de siglo, los conflictos internacionales han sufrido la merma más sostenida en doscientos años.

Violencia nacional. Entonces: ¿Adónde se trasladó la violencia? Ciertamente, a lo nacional.

En Latinoamérica, Colombia se debate en la ejecución de un ambicioso acuerdo de paz con la narcoguerrilla que, sin embargo, ignoró al ELN y a más de 2.500 bandas criminales (Bacrim) que ejercen soberanía territorial y potestades de cuasigobierno: cobran “impuestos”, procuran empleo y, desde luego, brindan seguridad selectiva: cuidando a los que pagan y reconocen su autoridad al tiempo que amenazan al resto.

Entre tanto, el gobierno colombiano, también en déficit fiscal y a las puertas de un proceso electoral que promete polarizar aún más a ese pueblo creativo y alegre, procura internacionalmente los cada vez más huidizos dólares y euros, para financiar los acuerdos de paz con las FARC, de cuya implementación exitosa depende también, en todo y ya no solo en parte, el renovado esfuerzo negociador ahora que le tocó el turno al ELN.

Pero a las espaldas de tanta gesticulación política, el cultivo de la hoja de coca aumentó hasta su pico más alto, evidenciando el fracaso de los insanos intentos estadounidenses por la erradicación de ese cultivo ancestral.

Y ni qué decir del tráfico de armas y narcóticos por el corredor colombo-venezolano. Demostración absoluta de que el poder y el dinero nunca quedan huérfanos por mucho tiempo.

La caída de Pablo Escobar, y con él el Cartel de Medellín, así como después el de los hermanos Rodríguez Orejuela y el Cartel de Cali, dejó en claro que el narco no es más que una carrera de relevos auspiciada por las economías del primer mundo, pero eso sí, librada en “la cocina” de las naciones del tercer mundo.

Estados Unidos, por mucho el país más adicto de la Tierra, impone la política criminal antidrogas al resto. En cuenta a México y Colombia, sociedades con niveles de adicción bajísimos pese a su legendaria desigualdad social y su enquistada cultura narco.

Muchos más. El Triángulo Norte Centroamericano, Brasil, así como buena parte de los pequeños Estados insulares del Caribe, tampoco escapan a esta lógica perversa en que la violencia interna es menos ruidosa y visible que la de los conflictos bélicos de corte ideológico que precedieron a esta época narcotizada de nuestra historia.

Esta violencia de nuestro tiempo es más discreta que la de los ejércitos de gobiernos reaccionarios o las guerrillas de izquierda. Pero no por ello hay que caer en la trampa de concebirla como una expresión más civilizada ni tampoco aceptarla pasivamente por no ser antisistema, sino asistemática. Caótica, si se me permite un solo término.

El mayor reto, hasta el momento invencible tanto allá como acá, es que los ciudadanos perciben esa violencia narcótica como casual y lejana; hasta que llega el día en que los cerca y se sienten no solo amenazados, sino, además, condicionados, aprisionados y aislados.

Así les pasó a los peruanos primero, a los colombianos después y a los mexicanos ahora. Le está pasando también a los venezolanos y a los brasileños e incluso a prácticamente todos los centroamericanos, a excepción de los nicaragüenses que han podido contener la privatización de la violencia, eso sí, echando mano de su Ejército (“una por otra”). Y a diferencia de México, en el caso de nuestros vecinos, con muy buen suceso por cierto.

A Costa Rica, dichosamente sin ejército, le tocaba prevenir para no tener después (hoy) que lamentar.

pbarahona@ice.co.cr

El autor es abogado.

LE RECOMENDAMOS

En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores para comentar sobre el contenido de los artículos, no sobre los autores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.