Darío Feiguin. 4 noviembre, 2018

El pueblo judío es un pueblo de supervivientes. Sobrevivió a la esclavitud en Egipto y al decreto del faraón de acabar con todos, a los babilonios, a los griegos y a los romanos en sus intentos por hacerlo desaparecer tanto física como culturalmente. También a las cruzadas y a las masacres en nombre de Dios.

A la Inquisición y sus “autos de fe”, aun cuando muchas veces debían mantener su identidad en secreto, a los progromos en Europa y a la Shoá (Holocausto), el capítulo más oscuro de la historia humana. A las guerras y a los atentados terroristas. Y va a sobrevivir a la masacre de Pittsburgh.

Pero así y todo, vuelve a abrirse la pregunta que reverbera una y otra vez en nuestra historia: ¿Hasta cuándo? Creíamos que en los Estados Unidos no volvería a pasar, teníamos la fantasía de que la democracia no iba a permitir la violencia y la muerte. Pero comprobamos, una vez más, que creer esto es solo una fantasía; tal vez un anhelo, pero que está lejos de la realidad. Para muchos fanáticos del odio, sigue siendo un delito ser judío.

El 18 de julio de 1984, fue el atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en la Argentina, que dejó un saldo de 85 muertos y más de 300 heridos. No había sido el primer atentado. Dos años antes, el 17 de marzo de 1992, había hecho explosión una bomba en la Embajada de Israel en Buenos Aires, con un saldo de 22 muertos y 242 heridos. Después de la voladura de la AMIA, Bernardo Neustadt, un famoso e influyente periodista, dijo consternado en su informe televisivo: “El atentado dejó 85 muertos, en el que murieron judíos e inocentes”.

“Judíos e inocentes”. Los judíos no son inocentes. Su delito parece ser el solo hecho de ser judíos.

Contra el odio. Mi voz, que se eleva hoy contra el atentado en Pittsburgh no es una voz solo contra el odio antijudío.

Es una voz contra el odio. Es un grito contra la discriminación de cualquier ser humano. Es una reacción judía ante una miseria humana.

Las 11 víctimas son mis hermanos. El pueblo judío respondió en su mayoría como un cuerpo. Cuando duele un órgano, una muela o un músculo, duele todo el cuerpo. Por supuesto, siempre hay almas pobres, también dentro del propio campamento, que aun ante una tragedia como esta promueven las divisiones sin priorizar la unidad de todo el cuerpo. No voy a referirme a ellos. No vale la pena. Me dan lástima y vergüenza.

El atentado no tiene que ver con creencias, costumbres o corrientes ideológicas. Pudo haber sido en un espacio judío ortodoxo o reformista. Pudo haber sido un objetivo no judío. El odio no reconoce los detalles y las minucias.

Es como para pensar, cuando aceptamos el virus contagioso del chisme, la calumnia y la maldad, o cuando aceptamos darles la espalda a nuestros más profundos valores de ética y de rectitud, en la fantasía de contemporizar, pero renunciando a la mismísima esencia de lo que somos. Si hay algo que aprendemos de estos actos de barbarie es que no debemos dejar de ser lo que somos.

La respuesta es vivir. La respuesta es vivir como lo que somos. La respuesta es no renunciar a nuestra esencia.

En mi caso particular, seré “culpable” de aceptar la aventura de ser judío, esté donde esté, aquí y ahora, y hacia donde y cuando el destino me lleve.

Todo el cuerpo judío duele y llora. Pero que nadie se equivoque: tenemos la convicción de elegir la vida.

El autor es rabino.