Jaime Daremblum.   5 agosto, 2015

Alexander Litvinenko fue un calificado oficial de la KGB que se asiló en Gran Bretaña, donde falleció en el 2006. Su muerte, a los 43 años, sobrevino tras reunirse para un tradicional té verde con dos excolegas rusos en un céntrico hotel londinense. Supuestamente, sus anfitriones también eran expatriados que escaparon de la muerte decretada contra ellos por el jefe ruso, Vladimir Putin. No obstante, horas después de la ocasión social, Litvinenko mostró síntomas de agonía y falleció a los pocos días.

El cuadro de la dolencia fue descrito en detalle por su esposa, Marina, a Scotland Yard, que de inmediato abrió una minuciosa investigación. Lamentablemente, aspectos claves del homicidio quedaban sin respuesta. Los dos contertulios del té retornaron de inmediato a Moscú y Putin luego descartó su extradición o entrega por “razones humanitarias”. Igual negativa recibieron las numerosas y reiteradas solicitudes de Scotland Yard.

Comenté en el pasado, en estas páginas, el trágico destino de Litvinenko en el contexto de la persecución contra los medios independientes y la eliminación de infatigables y heroicos periodistas por órdenes del Kremlin, es decir, de Putin.

Ante la imposibilidad de obtener la información pedida a Rusia por las autoridades inglesas, en otros países quizás las investigaciones habrían quedado empantanadas y sin esperanzas de solución. Mas no en este caso gracias a la acuciosidad de los procuradores londinenses, de Scotland Yard y, sobre todo, de la viuda, sus abogados y sus amistades. Finalmente, el trasfondo oculto salió a la luz hace pocos días, en Londres, en una audiencia pública con la que culminó el largo proceso concerniente a la muerte de Litvinenko.

De las informaciones en los medios, sobresale la confirmación del tóxico utilizado para ultimar a Litvinenko, un brebaje con alto contenido del elemento polonio. De este hecho se tuvo, además, corroboración por un puñado de papel impregnado del veneno que fue rescatado de la tubería de la habitación 382 en la que se hospedó uno de los victimarios.

El mundo ha recibido así confirmación de los extremos a los que se recurre en sistemas políticos policiales y arbitrarios como Rusia para reprimir informaciones y retractar opiniones contrarias a la verdad absoluta que se arroga el régimen.

Esto nos conduce a pensar no solo en Rusia sino también, más cerca nuestro, en la satrapía castrista en Cuba y el despotismo en Venezuela, ambas con sus burdos remedos de pluralismo donde se anidan los puños de hierro contra la libertad.

(*) Jaime Daremblum es abogado y politólogo y tiene un Ph.D. de Tufts University, Flectcher School. Fue embajador de Costa Rica en Washington y actualmente es director de estudios latinoamericanos del Hudson Institute y analista del Fondo Monetario Internacional, ambos organismos con sede en la capital estadounidense.