Alejandro Vargas Johansson. 7 febrero

Roma comienza, como siempre, custodiando la unidad; la autoridad, si prefieren algunos. “No se trata de crear una Iglesia paralela”, sentenció el papa Francisco durante la bienvenida a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud de Panamá.

Diremos, entonces, que no estamos frente a una Iglesia más. Es decir, la “Iglesia de los jóvenes”, sino los jóvenes como parte de la Iglesia.

Ya había “color” y “calor”, y el mismo Papa lo había notado mientras continuaba hilando su discurso. Su pasión por las “periferias” —como Francisco sintetiza la vulnerabilidad de la vida citadina— lo lleva a reconocer a los jóvenes indígenas y afrodescendientes de la América cristiana: “Ustedes, que empezaron a caminar primero”, afirmó el Papa.

La columna vertebral de su narrativa consiste en esa exaltación de la diferencia

Deja la historia y se enfoca en la evangelización: “El discípulo es el que se pone a caminar”, “hay que estar en camino”. Pronto abandona la solemnidad de las palabras para ponerse a tono con su audiencia: “Hoy podemos estar de rumba porque esta rumba empezó hace tiempo”.

Esa referencia al paso del tiempo le permite a Francisco moldear, con cierta nostalgia en el pasado, un concepto nuevo para definir a los jóvenes de hoy. Los llama “artesanos de la cultura del encuentro”. Entonces, brinca el antónimo: el demonio, el “maestro de la división”, como lo define Francisco.

Filtra lo que alguien pudiera interpretar como una referencia a la política internacional actual. El Papa lo hace mediante el contraste de los jóvenes como “constructores de puentes” versus algún presidente —diría cualquiera sin que Francisco lo exprese— como “constructor de muros” por estar cargado de miedo ante “lo diferente”.

Leitmotiv. La columna vertebral de su narrativa consiste en esa exaltación de la diferencia. Habla desde el inicio hasta el final de la diversidad de idiomas, países y hasta vestidos para llegar de nuevo al “encuentro”. Pero ese es un encuentro donde las diferencias se mantienen porque “encontrarse no es mimetizar”. Dice el Papa que solo los loros hacen lo mismo.

Francisco continúa sus definiciones echando mano de lo cotidiano, lo cercano. Explica que ese encuentro no es la superficialidad del “hola”, el “¿Qué tal?”, el “chao”. Intenta echarles raíces a sus conceptos apelando a la acción de quienes le escuchan: “Ustedes con sus gestos y sensibilidad desautorizan todos esos discursos que excluyen a quien es diferente”, enfatizó este pragmático Papa.

Francisco termina su discurso con la geografía y la historia, otra vez. Su templo: una marea de jóvenes asoleados durante ese caluroso atardecer de enero en el mismo lugar donde hace cinco siglos se fundó la ciudad de Panamá, que dio paso a la expansión del cristianismo en el resto de América. Sus líneas finales: un canal que no solo junte dos océanos, sino que irradie todos los rincones de la tierra.

El autor es periodista y profesor universitario.