Walter Coto Molina. 21 febrero

Si los analistas, dirigentes y funcionarios desean saber cuáles son las causas del desempleo, deben abrir una empresa. Ir a la realidad.

Así, verían en color los obstáculos, directos e indirectos, transversales y verticales, así como los enormes tejidos y enjambres burocráticos que no dejan espacio a las empresas para producir y obtener utilidades, mucho menos para incrementar el empleo.

En una modesta empresa que conozco, se pensionó un guarda nocturno y, para llenar la vacante, se ofrecieron 65 personas, de las cuales 20 eran mujeres.

Si no hay reactivación económica, tampoco habrá empleo ni los ingresos aumentarán al nivel necesario por más leyes fiscalistas que se aprueben.

El empresario a toda ley está atorado y el informal, si desea cumplir sus obligación, se ahorca. Cargas sociales, impuestos nacionales y locales, tasas por servicios, contribuciones parafiscales y exacciones disfrazadas y cuasi ocultas en diversas actividades empresariales, como por ejemplo las registrales y asociativas, son tan numerosas y las multas tan draconianas, que no crean un ambiente propicio para el empresario, especialmente para el pequeño y mediano.

A eso debe sumarse la complejidad “burotributaria” y el “bancocentralitis” que ha inundado de trámites anuales a las empresas activas e inactivas, leyes aprobadas para complacer exigencias internacionales de ciertos organismos que dominan voluntades nacionales, las cuales terminan asfixiando la libertad de los ciudadanos cuyo deseo es ser emprendedores.

El objetivo es regular a todos exhaustivamente porque terminan siendo sospechosos, a partir de minorías irresponsables que no han actuado con decencia y ética en sus negocios.

Camino sin salida. En ese contexto, no se reactiva nada ni se asume el riesgo calculado que genera toda actividad empresarial. La parálisis, en consecuencia, le gana la batalla a la creación empresarial.

No hace falta mucha teoría ni volverse romántico ni rezar el trisagio ni cantar las letanías. Si no hay reactivación económica, tampoco habrá empleo ni los ingresos aumentarán al nivel necesario por más leyes fiscalistas que se aprueben.

La irracionalidad es tan grande que quizás no hay ministro de Hacienda ni diputados que, racionalmente, se hayan percatado de esta realidad. Ese es el famoso desencuentro entre las dirigencias políticas y los ciudadanos. No se debe seguir llorando sobre la leche derramada. Se pudo haber diseñado un plan fiscal que contribuyera a la creación de riqueza, no uno que, abusivamente, la cercena.

El aprobado, según mi criterio, fue un plan coyuntural, remendón y sin reactivación. Pecaron de miopes. Muchos de ellos ahora echan de menos la reactivación que nunca quisieron incorporar al proyecto, el cual debió tener una visión holística, carencia que repiten las decisiones políticas tomadas en el país.

Los planes fiscales no deben extraer coactivamente porcentajes de ingresos o utilidades de ciudadanos y empresas; deben contemplar oportunidades para hacer crecer la economía mediante el trabajo de todos.

Tributos y riqueza. De nada valen reformas fiscales para crear mortandad empresarial. De nada sirve aumentar la carga impositiva si el resultado es el incremento del desempleo. Los planes fiscales no deben ser herramientas para leñatear y deprimir la economía, sino para culturizar y exigir a los agentes económicos el pago de los tributos, pero promoviendo la creación de riqueza.

Por ello, no busquen más las razones por las cuales no se reactiva la economía. No están en los libros ni en la academia ni en los seminarios de ilustres economistas. Están en la calle. Así de claro. En la calle. Vayan a las empresas. Pregunten por qué los emprendedores informales no quieren formalizarse.

Pregunten a los empresarios, pequeños y medianos, por qué no crean más puestos de trabajo. Busquen si las oportunidades de financiamiento son asequibles y adecuadas para invertir en un país colmado de dificultades.

Determinen si el sistema tributario es complicado o sencillo, y si alcanzan las ganancias para pagar planillas, impuestos, cargas, gastos burocráticos, obligaciones registrales y exacciones locales.

En fin, pregunten si de verdad el país está enredado porque, si es así, quizás lleguen al entendimiento de que deben simplificar todo, absolutamente todo, desde los tributos hasta los trámites asfixiante, y otorgar el financiamiento justo y oportuno.

Empezar de cero. A lo mejor, para resolverlo todo, el país deba desarreglarlo todo. Si el país no se organiza de modo diferente, no habrá solución sostenible. Si queremos de verdad generar empleo, es necesario coser un traje nuevo.

Los diputados exigen al Ejecutivo reactivación económica, pero las leyes promueven lo contrario. El Ejecutivo reitera su compromiso con la reactivación, pero cada día hay más acciones del gobierno en favor de la complejidad.

Los empresarios pregonan la reactivación, pero les da temor que el país se organice de modo distinto. Los trabajadores sufren el desempleo, pero se retuercen en la necesidad del cambio. Los partidos permanentemente reactivos, difícilmente tienen planes de reactivación creativos.

Así, entonces, el país está atrapado entre el lenguaje y la materialización. Con la organización actual, la creación de empleo será siempre una mera ilusión. Todo se hace para que no haya reactivación y, en consecuencia, el desempleo seguirá en aumento.

El autor es empresario.