Marco A. García Hernández. 27 marzo

Jordan Peterson es un psicólogo clínico, profesor y escritor canadiense famoso por sus diatribas contra la corrección política, y sus presentaciones mediáticas son seguidas por miles en las redes sociales y en su canal de Youtube.

En el 2018, publicó su segundo libro, 12 reglas para la vida: un antídoto para el caos, éxito de ventas en Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido.

La magnitud del sacrificio está relacionada casi siempre con un futuro mejor, pero antes debemos verlo, reconocerlo y aceptarlo.

Quiero empatar la sétima regla para la vida de este libro con el artículo “Si hay patadas, hay pa’ todos”, publicado el 20 de este mes, firmado por la editora de “Opinión” de este medio y sus colaboradores economistas.

La regla dice: “No hagas lo conveniente, sino lo que es significativo”. El autor ha explicado en algunas oportunidades que la regla está estrictamente relacionada con el sacrificio.

En algunas de sus conferencias, Peterson cita el Antiguo Testamento y, magistralmente, describe la relación directa entre el sacrificio y el bienestar futuro. Para ello, menciona la historia de Caín y Abel y la presentación de ofrendas a Dios, fruto de sus trabajos, o el sacrificio de Isaac solicitado a Abraham por mandato divino.

El artículo “Si hay patadas, hay pa’ todos” tiene una palabra clave: solidaridad. Pero ¿qué es solidaridad sin sacrificio? Absolutamente nada.

Me parece necesario hablar a los empleados públicos del significado de sacrificio antes del concepto solidaridad. La magnitud del sacrificio está relacionada casi siempre con un futuro mejor, pero antes debemos verlo, reconocerlo y aceptarlo. Es oportuno conocer con profundidad a nuestros empleados públicos y saber por qué no se sienten en la obligación de hacer el sacrificio correspondiente en tiempos de pandemia o carencia. He notado con alguna tristeza cómo se sienten, algunos de ellos, eximidos de su cuota.

De alguna forma, rehúyen el problema. Por alguna razón, parecen estar en una posición tan elevada que les impide ver al 86 % del país productivo generar recursos. Les impide conocer lo frágil de sus trabajos, ya sea en el campo, comercio, turismo o entretenimiento. No pueden ver lo inestable de sus puestos en tiempos difíciles. No pueden creer que hoy un empleado privado tenga las mismas probabilidades de tener trabajo mañana o no tenerlo. No reconocen ni siquiera sus propias ventajas como servidores públicos, que son muchas.

No observan las carencias del empleador privado, del inversionista cuyo capital está trabajando para generar empleos, con el riesgo implícito. Por alguna razón, ven su propio mundo de trabajo como el sacrificio último y exclusivo de su existencia, sin cuota de sacrificio para el resto de la sociedad. Algo hicimos muy mal para que la venda se mantenga puesta en tiempos de pandemia.

La novela de la reforma fiscal protagonizada por las universidades públicas y el Poder Judicial es solo una pequeña parte de un iceberg de burócratas pensando que la cosa no es con ellos. Ni el coronavirus ha podido con todas las ideas y prejuicios.

No veo mala intención en la mayoría de ellos. Me parecen empleados comprometidos, responsables y preparados y bien dispuestos, la mayoría. Pero la idea del sacrificio personal de hoy para un futuro colectivo mejor no les llega todavía. Hay un cortocircuito que la sociedad no ha podido reparar en ellos, y espero que alguien tenga las herramientas para hacerlo.

El gobierno tiene la responsabilidad y el reto enorme de hacer que cada costarricense acepte su cuota de sacrifico. No va a ser fácil. La crisis sanitaria puede convertirse en una oportunidad para subsanar esos males. Pero antes de ser solidarios, como bien dice el artículo citado, debemos abrazar el sacrificio, como apuesta por una justa recompensa. Pero, si no lo hacemos todos, como debe ser, pecaremos de injustos.