Danny Paredes Rodríguez. 17 abril

El artículo del escritor José Ricardo Chaves, publicado el 15 de abril en “Página quince”, titulado “Creer que no se cree”, es una reflexión filosófica estimulante.

De acuerdo con Chaves, los seres humanos tienen y necesitan creencias, por eso todos somos creyentes. Luego, afirma que la ciencia es un sistema de creencias provisional, falible y contaminable, por lo cual suponerla generadora de “la verdad” es consecuencia de una ilusión, de una superioridad aparente. Me siento en obligación de defender el punto de vista de los escépticos.

Una creencia es aquello que se presume cierto. Mantener creencias acerca de las experiencias de vida cotidiana permiten a las personas dedicar su energía y tiempo a las acciones, en vez de permanecer absortas tratando de demostrar que una silla es un ente o el color azul es real o que el jefe está vivo.

Entonces sí, coincido plenamente con Chaves: todos somos creyentes y necesitamos serlo. Pero nuestra vida está lejos de ser la de un homínido cazador o recolector. Para desarrollar nuestro potencial y convivir en una sociedad eficiente, justa y solidaria, son necesarias, aparte de valores morales y una adecuada actitud, creencias más complejas, a las cuales llamamos “conocimiento”.

El conocimiento intenta responder cuestiones generales, por ejemplo, cómo funciona el mundo o la mente humana o la de otros animales, de dónde venimos, qué es un delito o cómo debemos distribuir los recursos en nuestra sociedad.

Puesto que muchas de esas preguntas no pueden ser respondidas exclusiva o únicamente con conocimiento científico, filosófico o religioso, la cuestión final reside en cómo elaborar las respuestas más útiles.

Determinación. Deberíamos admitir la existencia de ciertas afirmaciones de las cuales podríamos determinar de forma objetiva si son probablemente verdaderas o falsas. La ciencia es una forma de generar aseveraciones sobre hechos de la naturaleza con más probabilidades de verdad. ¿Por qué? Aunque no en todos los casos se siga el mismo método, la fortaleza de la ciencia se basa en la obstinación en verificar o refutar sus ideas y, con suerte, generar nuevas explicaciones, más completas o más exactas.

Así que también tiene razón Chaves al sugerir que las afirmaciones provenientes de “la ciencia” son provisionales, falibles y contaminables. Lo que no reconoce el articulista es que, a diferencia de la superstición, las pseudociencias o la religión, la ciencia no tiene ningún inconveniente en sustituir unas explicaciones por otras, si se corroborara que las conclusiones no se ajustaban a los hechos o se descubrieran errores en la formulación de los experimentos o en las formas de hacer las mediciones más exactas.

Estas discusiones teóricas no importarían si no tuviéramos que tomar decisiones que afectan nuestra vida, como cuál forma de alimentación es más saludable, si vacunar a los hijos les causará autismo, si un auto eléctrico conviene, etc.

Nadie afirmaría que toda respuesta es igualmente válida cuando está en juego la salud, el bienestar social o el progreso. Pero ¿cómo encontrar la mejor respuesta si la ciencia solo aporta afirmaciones provisionales o conclusiones incompletas y nuestro cerebro no evolucionó para filosofar?

Acercarnos a ella. Aunque nunca lleguemos a poseer la verdad, deberíamos aspirar a acercarnos a ella. Para eso, deberíamos aprovechar el conjunto de herramientas conocidas como “pensamiento crítico”, las cuales sirven para desarrollar habilidades para un razonamiento claro, amplio y profundo utilizando la mejor prueba disponible. Lo anterior implica ser conscientes de nuestros prejuicios al analizar los datos y estar dispuestos a reconsiderar nuestras conclusiones.

Ciertamente, la ciencia no invade el campo de la religión; la primera trata sobre hechos naturales verificables; la segunda presupone realidades sobrenaturales no verificables. La ciencia deja de pronunciarse cuando no tiene respuestas y la religión empieza a formular “verdades” para rellenar dichos vacíos, por lo cual el avance en el conocimiento hace que la ciencia vaya “arrinconando” la necesidad de “explicaciones” religiosas.

Por definición, es contradictorio que un pensador crítico analice exhaustivamente una afirmación sobre el mundo material mostrándose escéptico sobre su contenido de verdad, y al mismo tiempo acepte otras afirmaciones por fe o por intuición o por dogma.

Los escépticos, los librepensadores y los pensadores críticos son también creyentes. Solo que intentan ser selectivos en sus creencias, y procuran que sean lo más justificadas posibles.

En su ensayo, publicado en 1957, “El valor del librepensamiento", Bertrand Russell no pudo haberlo expresado mejor: “Lo que hace a un librepensador no son sus creencias, sino la manera como las sostiene. Si él las mantiene porque sus viejos maestros le dijeron que eran ciertas cuando él era joven o si las mantiene porque si no sería infeliz, su pensamiento no es de ninguna manera libre; pero si las mantiene porque, tras cuidadosa reflexión, se encuentra con un balance de pruebas a favor, su pensamiento es libre, por extrañas que sus conclusiones puedan parecer".

El autor es médico.