Samuel Bermúdez Ureña. 14 mayo

Para muchos millennials, que conformamos buena parte de la población productiva de nuestro país, setiembre del 2008 suena a hace mucho tiempo.

Yo, sin embargo, lo recuerdo perfectamente porque fue el año cuando colapsó el banco Lehman Brothers. En aquel momento, sentí algo que no creí posible recién egresado de la universidad. Por primera vez, me invadió el temor a perder mi trabajo.

En tiempos más complejos de nuestras carreras, como los impuestos hoy por la pandemia, mi mensaje para las personas jóvenes al frente de una organización, sin importar su escala o alcance es: Salgamos a generar oportunidades, a innovar y colaborar.

Fue una llamada de atención que me inspira a actuar hoy con urgencia, pasión y, sobre todo, con optimismo y propósito cuando se presentan situaciones adversas.

Tenía dos años de haber iniciado mi relación con Gensler. Me ilusionaba que la firma más grande de arquitectura del mundo hubiera lanzado un estudio de diseño en Costa Rica.

A pesar de que no estaba diseñando edificios glamurosos o grandes obras turísticas —como muchos de mis colegas—, mis compañeros y yo trabajábamos en múltiples proyectos para empresas como Apple, Gap y JP Morgan. Era la primera fase de un plan piloto para, eventualmente, tener presencia en la región.

Encaré esa etapa de mi vida como algo puramente formativo. Con poca experiencia, me imaginaba aprendiendo durante varios años para luego emprender por mi cuenta.

Llamada inesperada. El horizonte era brillante. Pero un día todo cambió. Sonó el teléfono. Con voz muy fría, mi jefa en Nueva York me dijo: "Samuel, te vamos a encomendar una tarea muy difícil, necesitamos que la ejecutes de inmediato porque estamos atravesando un momento sumamente complicado”.

Me comunicaron que, además de hacerme cargo de la reducción de personal, se avecinaban cambios de liderazgo en toda la empresa y que yo tomaría el cargo de director interino en Costa Rica.

Jamás olvidaré esa noche. Cuando llegué a casa de mis padres, lo primero que hice fue sentarme en el comedor a llorar.

A los 26 años, estaba por comunicar a varios compañeros que dejarían de tener trabajo. No solo me abrumé por eso, sino también al pensar que seguro era un primer paso hacia el cierre de operaciones en nuestro país, y yo también, pronto, me quedaría sin trabajo.

Después de un largo desahogo, recuerdo la voz de mi madre motivándome a no esperar que alguien nos enviara trabajo: “Vaya y busque proyectos aquí, vayan todos y generen sus propias oportunidades”, me dijo.

Mi papá se hizo eco de sus palabras y me recordó que las crisis son momentos para unirse e innovar, que cada uno de nosotros podía actuar como emprendedor, que teníamos la capacidad de ser autosuficientes.

Persistencia. Esa conversación cambió mi vida. Supe que la clave para preservar mi trabajo era potenciando nuestra creatividad con un fin claro: crear oportunidades en nuestro entorno.

Comencé por tomar todos los periódicos cada día enfocándome solo en la sección de empleos. Marcaba el anuncio de toda empresa que estuviera contratando personal para luego buscar cómo ponerme en contacto con esa organización y llamar incansablemente para pedir una cita con el fin de ofrecer nuestros servicios.

Recientemente, nuestros CEO habían mostrado un gráfico donde correlacionaban la tasa de desempleo de Estados Unidos con el crecimiento o contracción de la compañía. También, nos recordaron que cuando las empresas variaban sus planillas siempre requerían consultorías para entender cómo el diseño respondía al cambio que estaban experimentando.

Así, llegué a la conclusión de que, probablemente, cualquier empresa que estuviera contratando necesitaría una firma de diseño como apoyo en el proceso de expansión.

En pocos días, la estrategia surtió efecto. Vi un anuncio en el periódico La Nación donde solicitaban personal para el centro de servicios compartidos de Bank of America.

Sabía que esa compañía era uno de nuestros principales clientes en Estados Unidos. Después de un cruce rápido de llamadas, en dos días me encontré sentado en una oficina ubicada en la zona este de la capital, enfrente del director inmobiliario del banco para América Latina.

Nos solicitó una oferta para el diseño del campus del centro de servicios que tuvo esta empresa en nuestro país por muchos años. Los 13.000 metros cuadrados de la obra sonaban para mí en aquel entonces como diseñar una ciudad entera.

Recuerdo que lo último que me importó fue mi edad o mi falta de experiencia. La adrenalina por salir a conseguir trabajo para nuestra gente se apoderó de mí.

Resultados. Tres meses después, no solo diseñábamos una de las remodelaciones de oficinas más grandes del país, sino también estábamos contratando de nuevo.

Cinco años más tarde, conseguimos crecer a 90 personas y terminamos el año pasado con casi 300 en cuatro oficinas a lo largo de Latinoamérica.

Un logro que ni en mis sueños más remotos habría imaginado. Alcanzamos este resultado gracias a la actitud emprendedora colectiva de quienes hoy son mis socios y amigos cercanos.

En tiempos más complejos de nuestras carreras, como los impuestos hoy por la pandemia, mi mensaje para las personas jóvenes al frente de una organización, sin importar su escala o alcance es: ¡Salgamos a emprender! Salgamos a generar oportunidades, a innovar y colaborar. Salgamos con un agudo sentido de urgencia, enfocados en cooperar con un mismo objetivo, pero, sobre todo, con un propósito claro: generar valor, crear empleo.

Cada uno de nosotros debe repensar su negocio, mitigar los golpes más duros y salir adelante. La imaginación no tiene límites; usémosla en estos momentos para crear un mejor país, uno más resiliente.

Las buenas empresas somos el motor que nos recupera de cualquier crisis. Esta es nuestra oportunidad de brillar. Emprendamos enérgicamente y salgamos adelante: el mundo entero nos necesita.

El autor es arquitecto y codirector de Gensler para Latinoamérica.