Helena María Fonseca Ospina. 21 febrero
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El crecimiento y el desarrollo necesitan de la responsabilidad. Responsabilidad proviene del latín responsabilitas. Señala la capacidad de responder (respondere) en primera persona a los deberes que nos competen y a la «paternidad de nuestras acciones».

La responsabilidad tiene una dimensión personal. Según Carlos Llano Cifuentes, la responsabilidad consiste en hacernos cargo de nuestra propia vida. Quien no es responsable de sus propios actos, ¿de qué podrá hacerse responsable?

Para Llano, existen cuatro tipos de responsabilidad. Consecuente: cuando nos responsabilizamos por las consecuencias de nuestros actos. Antecedente: cuando nos responsabilizamos por los principios de nuestras acciones. Congruente: cuando existe una «igualdad» entre lo que pensamos y hacemos. Y trascendente: cuando cumplimos la misión a la que, con nuestra vida, hemos sido destinados.

También tiene una dimensión social. Lo social tiene la base en lo personal. La educación es la base de la responsabilidad. Es un principio rector. Nace y crece en la familia. Se proyecta en lo académico, lo profesional, lo económico, lo político y lo cultural. La educación es un constante desarrollo integral de la persona. No caduca.

Somos responsables porque somos libres. Un animal no puede ser responsable de nada porque no es libre. Se dice que responsabilidad y libertad son las dos caras de una misma moneda. Dos alas que conducen a buen puerto. Una libertad sin responsabilidad no es auténtica. La libertad es honesta cuando es responsable.

Cargos, no cargas. Otro origen de la palabra responsabilidad implica la capacidad de cargar con el peso (pondus, ponderis) de las cosas o acontecimientos. Un cargo no es una carga, es una responsabilidad. Quienes ostentan cargos públicos o de dirección han asumido una mayor responsabilidad.

Deben tener sentido de obligación e ir más allá de ella, porque la meta de la responsabilidad es la excelencia. Quienes gobiernan deben también gobernar sus acciones. Sus decisiones nos afectan a todos.

La responsabilidad puede evadirse. Los errores se pagan. Los pagamos todos. Por ello, la irresponsabilidad es una deuda de justicia. Una deuda que exige restitución.

Los ciudadanos hemos cuestionado el manejo de las finanzas públicas, el control del gasto, el problema fiscal, la misma educación. Preguntas que exigen respuestas, no discursos. Las respuestas se concretan en acciones.

Las empresas invierten, producen, generan empleo y riqueza. No firman cheques en blanco o sin fondos. Son esbeltas porque son eficientes. Saben que tres años con pérdida son el preludio de una quiebra. Tengamos esto presente de cara a las próximas elecciones.

Votemos responsablemente. Con la cabeza sobre los hombros y el corazón en su lugar. Las quiebras no solo son económicas, sino también morales. Que la desmoralización no nos paralice.

La queja, la culpa y la excusa no llevan a ninguna parte. Todo cambio se inicia en primera persona. Si no hay voluntad política, habrá voluntad cívica. Somos deudores. Podemos volver a crecer económica, social y políticamente. Nuestra patria es digna de crédito. Merece una única respuesta: responsabilidad.

La autora es administradora de empresas.