Álvaro Darío Moya Araya. 2 mayo

Leí el artículo titulado “La revolución del pensamiento”, de Juan Pablo Naranjo, publicado en estas páginas recientemente, y me llamaron la atención dos o tres postulados que comparto y me hacen percibir la dinámica de “revolución del pensamiento”, a la cual, si no me equivoco, quiere hacer entrar a quien se encuentre con su pensamiento.

Creo que el problema no radica en lo material, sino en la mentalidad. Cuando el autor hace ver que se nos han impuesto formas de pensar o de actuar, y que siguen siendo arrastradas por muchos, se refiere a cuestiones que hunden sus raíces en problemas materiales y llaman a un cambio de mentalidad (podríamos decir un cambio radical del nous, de la mente, de la capacidad racional fundamental y esencial del ser humano).

También me llama poderosamente la atención que el autor proponga un acercarse a la información que está a nuestro alcance para romper estereotipos, investigar y ser críticos. Es así como, continúa él, nos “armamos de valor para denunciar lo que pasa”. A la vez, enfatiza en la idea fundamental que incluso da nombre a su artículo: “Hablo de una revolución mental. Es su vida y usted decide cómo vivirla”.

Con eso entraría en perfecta sintonía y diálogo. Sin embargo, hay algunas otras cosas que me sitúan en el campo de la pregunta. Un espacio abierto en el cual considero que el ser humano fundamentalmente “está”. Algo así afirmaba el filósofo mexicano Leopoldo Zea, quien, basando su pensamiento en Ortega y Gasset, se preguntaba sobre la posibilidad de un auténtico filosofar latinoamericano a partir del axioma “yo soy yo y mis circunstancias”, lastimosamente, valga decir, llegada hasta acá la famosa frase del filósofo español, deja de lado lo que continúa y podría ser muy iluminador en el pensamiento crítico: “...y no lograré ser yo hasta que no cambie mis circunstancias”.

Base del creer. Este filósofo y otros mencionan que en la base del creer se “está” más que en algún otro pensamiento. Parangonan la razonabilidad con la función del “creer” (no vertida bajo ninguna denominación religiosa, por supuesto). Varios, como él o Bondy, proponen lo que Naranjo menciona: un pensamiento latinoamericano, y que no por eso han dejado de proponer sus ideas, su pensamiento, su “revolución”; no por eso se han sentido menos para proponer sus ideas u ofuscados porque fueron dominados. Simplemente, las expusieron y eso los hace valiosos: su aporte al pensamiento no fue una irrupción de quien se siente inferior, sino una propuesta a la humanidad, ¡eso lo hace más valioso!

Con lo mismo que argumenta el autor, se desdice, ¡qué lástima! La historia no es solo recopilación de dominio, ni necesidad de dejar de sentirse oprimidos.

Ha sido una continua historia de liberación en un medio concreto, y nunca una parcialización de la visión actual de circunstancias acaecidas. La sola insinuación de un “estado vital” obstaculiza el mismo pensamiento y lo hace abyecto y, sin duda, nefasto.

Parcializar el pasado, o verlo solo desde una perspectiva, induce al pesimismo que lanza la mirada a la necesaria liberación de la torpe abyección, como dice uno de nuestros himnos, pensamiento de nuestros antepasados, raíces que son necesarias por lo menos verlas para no creer o pensar que lo huidizo del ayer necesita ser borrado y que la verdadera historia comienza con mi pensamiento revolucionario, sin raíces y un ayer que no es solo oscuridad.

Raíz del cambio. Sigo insistiendo en que la madre del cambio es el pensamiento crítico, sí, pero no desvinculado, nunca mediatizado y sí muy dialogado. La sola imposición de una verdad, por más noble que parezca, si no es atraída por el lazo del propio convencimiento, de los insignes vínculos del pensamiento en conjunto y no estigmatizado, solo eso es reprochable y digno de ser cuestionado; eso sí, en su sano parámetro. De lo contrario, lo mismo que denunciamos es lo que reproducimos.

La prudencia es madre de la sabiduría, decían los filósofos antiguos, de los cuales me siento heredero no por ser de mi misma región, sino por compartir lo que nos hace iguales: la humanidad.

No será la persuasión, ni la imposición de barreras, ni los estereotipos, ni las apariencias, ni la orientación de la universitas, ni un apego “al de arriba”, como menciona Naranjo, lo que hará que el pensamiento vaya en congruencia con la creencia o la fides, sino la suavidad de ambas capacidades y su armonía, que reposa en todo ser humano, por ser simplemente eso, persona, y ella hará que el miedo de todo estrato de la vida no sea el conocimiento, sino la conjunción apacible de las capacidades humanas puestas en consecución de una verdadera revolución del pensamiento.

El autor es estudiante universitario.