Marlene Steuber. 19 octubre

El deseo de proteger a los niños manteniéndolos en la casa pone en riesgo su bienestar a largo plazo. Si entendemos que los niños y adolescentes aprenden por medio de experiencias y adquieren información a través de todos sus sentidos, es más fácil comprender por qué las pantallas no pueden proporcionarles lo que realmente necesitan.

Estudios y organizaciones internacionales confirman los riesgos físicos, psicológicos y neurológicos de la digitalización masiva.

El aprendizaje virtual, avalado y justificado por algunos, debería incluir advertencias de efectos secundarios como los anuncios de ciertas medicinas. Horas prolongadas enfrente de pantallas causan miopía en la primera infancia, ritmos circadianos alterados, pérdida de sueño, depresión, obesidad, adicción y desregulación de las funciones cerebrales.

De acuerdo con el estudio Children’s Health in the Digital Age, de Birgitta Dresp-Langley, la miopía en América Latina era un 20 % en el 2000 y se proyecta que será un 40 % en el 2050.

Los niños podrían convertirse en miopes tempranos porque sus ojos crecen demasiado rápido como resultado del tiempo excesivo dedicado a leer en pantallas.

La carga económica mundial del deterioro de la visión a distancia no corregida, de la cual la miopía es la causa principal, se calcula en $202.000 millones al año. Según las proyecciones, este monto se duplicaría.

La evidencia indiscutible de una relación directa entre la gravedad de la obesidad infantil y el número de horas frente a la pantalla proviene de un estudio de la encuesta transversal dentro del Sistema de Análisis y Estudio Multiprograma de Obesidad Infantil.

Asimismo, las pantallas causan la desregulación temprana de las vías de los neurotransmisores en el cerebro en desarrollo. Los estudios, de acuerdo con Birgitta Dresp-Langley, revelan cambios estructurales en la corteza frontal asociados a anomalías funcionales en sujetos que desarrollan adicciones a pantallas.

A esos riesgos individuales se suman la falta de socialización, de actividad física y de exposición a la luz natural, lo cual agrava la situación de la niñez.

Familias afectadas. Las clases virtuales no solo afectan la salud de los estudiantes, sino también la del resto de la familia. Así lo determinó una encuesta llevada a cabo por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) e Innovations for Poverty Action (IPA), con ayuda de los ministerios de Educación de El Salvador y Costa Rica y el Instituto de Bienestar Familiar en Colombia, en padres y madres con hijos en educación a distancia e híbrida.

"La carga adicional para las familias ha llevado a una afectación en la salud mental. Se encontró un impacto significativo en la salud mental de los padres y madres. Un 85 % de las personas cuidadoras presentan, cuando menos, un síntoma de malestar, calculados con base en la escala de depresión del Centro de Estudios Epidemiológicos”.

En el caso específico de las mujeres, The New York Times informó de que la pandemia está forzando a las madres a que no trabajen, generando con ello grandes costos financieros, sociales y matrimoniales.

Las mujeres ya representaban la mayoría de los puestos de trabajo perdidos durante los primeros meses de la pandemia. Los economistas consultados especulan que la grave situación de las mujeres está relacionada con el aprendizaje a distancia de los hijos y la falta de disponibilidad de cuidado infantil.

Retorno a clases presenciales. Por estos riesgos a la salud es que organizaciones internacionales avalan el retorno a clases presenciales lo antes posible.

Harvard School for Public Health y forheatlth.org publicaron una guía detallada sobre cómo hacerlo, en junio pasado, y afirmaron: “Las escuelas tendrán que reabrir”.

Mantener las escuelas cerradas conlleva costos individuales, sociales y económicos a largo plazo. Muchos niños no podrán aprender, socializar, ser activos, comer alimentos saludables o recibir apoyo hasta que las escuelas reabran.

A los padres y cuidadores se les dificulta volver al trabajo mientras sus hijos no regresen a la escuela. Sabiendo que los centros educativos reabrirán en algún momento, la pregunta sobre la mesa debería ser qué estrategias deben considerar las escuelas para reducir el riesgo de transmisión de covid-19.

No existe tal cosa como “cero riesgo” en toda actividad que realicemos durante una pandemia. Sin embargo, la evidencia científica indica que las probabilidades de contagio para los estudiantes y el personal pueden mantenerse bajas si las escuelas se adhieren a estrictas medidas de control y responden dinámicamente a posibles brotes.

La autora es consultora educativa.