Sergio Murillo Brealey. 28 agosto

Durante muchos años escuché la frase “el trabajo es feo y por eso lo pagan”, es decir, verse hoy obligado a arrodillarse y ser sumiso ante las empresas a consecuencia de la difícil situación laboral que vive el país. Si uno encuentra algún empleo, debe ser el mejor trabajador porque un despido asegura varios meses, o años, desempleado.

Me he puesto a pensar: ¿Cuánto vale mi felicidad laboral? Analizando la pregunta, recordé que mi trabajo significará una rutina que viviré durante años hasta encontrar otro que mejore un poco mi entorno laboral o llegue a pensionarme.

¿Cuánto vale mi felicidad laboral? Analizando la pregunta, recordé que mi trabajo significará una rutina que viviré durante años hasta encontrar otro que mejore un poco mi entorno laboral o llegue a pensionarme.

Decidí escribir este artículo no para dejar una mala imagen de la entidad financiera que me dio sustento casi cinco años, sino porque considero que a veces, para ser escuchado, uno debe llegar a ciertos niveles para mejorar la calidad de vida laboral de las futuras generaciones.

Como la entidad maneja muchos departamentos, no sería correcto generalizar; mi comentario se basará en el Call Center, el cual considero uno de los más importantes, pues de ahí salen los millones de clientes y ofertas de servicios para mantener un banco con vida.

Mis funciones eran simples: llamar al cliente, ofrecerle el servicio y, una vez aceptado, terminar la llamada; luego, seguir con otro cliente. ¿Parece fácil?

Detrás, hay más que una simple comunicación con un cliente. El banco maneja un sistema que considero hostigador. Los supervisores lo dicen de manera indirecta: véndales sin importar su situación financiera; sus sentimientos no deben involucrarse en las situaciones difíciles que le cuente el cliente; si el producto no es beneficioso, maquíllelo haciéndolo atractivo para el cliente; y sea insistente hasta que lo quiera.

Cuando uno empieza un trabajo, sueña con crecer y mejorar su situación, pero debe prepararse para ser el más sociable, el menos crítico y ver el mundo color de rosa.

Llegábamos a tal punto que un cliente molesto le tira a uno el teléfono. Es imposible culpar a la persona que, al llamarla, sienta odio cuando oye donde trabaja uno.

Cuando uno empieza un trabajo, sueña con crecer y mejorar su situación, pero debe prepararse para ser el más sociable, el menos crítico y ver el mundo color de rosa. Si hay cambios, cada vez más drásticos, cerrar la boca y poner buena cara porque, si no, puede que ser el siguiente en la lista de despedidos o le espera una eternidad en el mismo puesto.

Vi cómo muchos compañeros eran ascendidos inexplicablemente y otros, con más experiencia y preparación, se vieron en la necesidad de ir tras nuevos horizontes laborales o, simplemente, hacerse una idea de que nunca serían tomados en cuenta, lo cual deja en evidencia un departamento de recursos humanos que parece estar dominado por amistades y conveniencias.

Para quienes estén intrigados del porqué escribí este artículo y creen que fue porque me despidieron, les cuento que renuncié por la ausencia de oportunidades para crecer, puesto que mis estudios se enfocaron en otros ámbitos no relacionados con la labor bancaria. Probablemente, eso me hacía menos capaz para desempeñar otras funciones.

Muy probablemente muchos lectores se identificarán con esta situación, ya que el desempleo genera que ciertas empresas hagan su voluntad, y menosprecien al cliente y al trabajador.

El autor es internacionalista.