Joaquín B. Masís Jiménez. 24 abril

Más allá de no poder estar cerca de nuestros seres queridos, de vernos imposibilitados de abrazar un amigo o tomar con él un vino, el distanciamiento físico al cual nos obliga la pandemia deja ciertas cosas positivas, una de ellas es que nos ha dado tiempo, y eso ya es mucho.

Quienes tienen talento para la poesía, la prosa y otras artes probablemente hayan escrito los mejores versos, comenzado una novela o diseñado alguna máquina futurista.

Nuestro sistema de seguridad social ha funcionado con gran agilidad, compromiso, eficacia y mística en momentos de adversidad, ¿por qué no funciona siempre así?

Quienes no tenemos esas virtudes, mientras permanecemos enclaustrados, al menos, tenemos tiempo. Tiempo para, con calma, ordenar la oficina, revisar papeles que no habíamos botado por temor a que tuvieran alguna importancia o para asegurarnos de que no eran necesarios antes de tirarlos al basurero. Tiempo para planear nuestra situación económica actual y por venir, que de antemano sabemos difícil.

Pero si algo nos ha permitido la situación, es tiempo para pensar, para meditar, para ejercitar las neuronas sin la ansiedad de la labor del día siguiente.

Personalmente, he tenido tiempo para tratar de entender el complicado trance que una minúscula molécula ha causado a la sociedad. Tal vez no sea sino bastante después de superada esta etapa que comprendamos la verdadera dimensión de esta prueba y sus consecuencias.

Valor institucional. Dentro de esta caótica afluencia de pensamientos, rescato uno, porque es el más recurrente y está alimentado por ideas de otras personas que me llegan a través de las redes sociales y otros medios de comunicación.

Especialmente, tengo frescas las opiniones respecto de cuán importantes han sido, para enfrentar la covid-19, las instituciones del Estado y hasta ahora el incuestionable buen desempeño del gobierno.

Para los simpatizantes del estatismo, es suficiente prueba de que las instituciones públicas son una necesidad y deberíamos defenderlas. Los liberares argumentan que sin ellas el país habría respondido igual e insisten en lo oneroso de mantener aquellas que producen pérdidas económicas.

Con tanto tiempo libre para poner a funcionar mis limitadas neuronas, llegué a la conclusión de que hay un poco de verdad en cada una de las opiniones.

Como debió ser siempre. Nuestro sistema de seguridad social ha funcionado con gran agilidad, compromiso, eficacia y mística en momentos de adversidad, ¿por qué no funciona siempre así? ¿Por qué Fanal, Japdeva y Recope no funcionan como deben?

Algunos dirán que es por la gente que los gestiona, y es posible que sea una de las causas principales. Todo se inicia en la intervención de la política en el manejo de las instituciones, y despolitizarlas es el primer paso para dar campo a los profesionales idóneos para llevar a cabo una función que combine la viabilidad económica y la función social a la que están obligadas. Pero también hay que inyectarles una buena dosis de imaginación.

Entonces, me puse a pensar en grande. Aprovechar la capacidad del ICE para que, además de distribuir energía, desarrolle infraestructura como túneles, viaductos, etc. Y, así como Corea del Sur tiene su Samsung y Finlandia, su Nokia, que Costa Rica tenga su Kölbi.

Que la CCSS, en alianza con el Instituto Clodomiro Picado y la empresa privada, produzca medicamentos aprovechando que nuestro territorio está cubierto de gran cantidad de plantas medicinales y que la CCSS cuenta con la infraestructura necesaria y cientos de miles de consumidores. Seríamos capaces de competir con las grandes farmacéuticas, muy cuestionadas por su voracidad.

Recope podría convertirse en un centro de investigación y producción de nuevas fuentes de energía que no destruyan el ambiente.

Fanal y una alianza público-privada podrían producir licores de calidad mundial. Volver al maridaje con el CNP para darles a los agricultores el apoyo tan necesario para acercarnos al autoabastecimiento alimentario del que nos estamos dando cuenta es fundamental cuando nos golpea una pandemia.

Hacer más. Aprovechar nuestro prestigio como país protector del medioambiente y, como sugirió Al Gore hace algunos años, traer a Tesla a fabricar aquí sus autos eléctricos y ser socios en la transición del mundo hacia la energía sostenible. Seríamos el primer país con transporte público y privado cero emisiones de gases de efecto invernadero.

Darles más recursos a las universidades estatales y privadas para estimular la investigación y la producción de paneles solares para hacer del país líder en estos campos.

Ir más allá del tren eléctrico urbano y promover una red ferroviaria nacional que comunique las siete provincias.

Desempolvar el proyecto del canal seco, analizarlo, corregirlo si es necesario y, si es viable, llevarlo a cabo.

Todo esto puede sonar a utopía, pero Suiza es apenas la mitad de Costa Rica y no tiene salida al mar y está de más enumerar sus méritos; Suecia, hace 70 años era un país pobre y hoy es una de las sociedades más igualitarias del planeta, donde impera un nivel de vida envidiable; Israel transformó el desierto en un vergel en pocas décadas; y Singapur, una isla sin agua, es la envidia del mundo entero. Todos ellos tomaron una decisión, arriesgaron y triunfaron.

El autor es ingeniero agrónomo.