Marjorie Ávila Salas. 18 julio, 2019

La posibilidad de solicitar un préstamo para mejorar las condiciones del Teatro Nacional, con el fin de evitar una tragedia que pueda dañarlo o destruirlo y la negación de un grupo de diputados, ha traído a colación una intensa discusión en los medios de comunicación sobre la importancia del arte en una sociedad.

Es una polémica muy vieja, desde la antigua Grecia, célebres pensadores se han planteado para qué sirve el arte. Pero así como es vieja la pregunta, también lo es la respuesta porque el arte aparece en la vida humana desde sus orígenes, y si bien no siempre las actividades fueron entendidas como artísticas, como las vemos ahora, es evidente que son manifestación de una conducta del ser humano muy alejada de las necesidades materiales.

El arte sí sirve; sirve como eje de todas las sociedades, y si un legislador no lo comprende así, sería mejor que busque otro oficio porque jamás será un verdadero líder político que comprende la sociedad en que vive.

Que el arte no da de comer, es evidente; que el arte no provee vivienda, también lo es, pero es así únicamente en sentido estricto porque es fundamental determinar que el arte cumple una serie de funciones que a la postre determinan la alimentación del ser humano y la vivienda, pero, sobre todo, la existencia de un conglomerado social.

Creatividad. El ser humano es fundamentalmente una criatura simbólica, todo significa para él, desde el momento en que comprendió que una piedra le permitía romper materiales para darles forma útil: la herramienta.

Siendo así, el sistema simbólico del ser humano más complejo e importante es el arte, por una simple razón: sublima los instintos humanos y en esa medida se convierte en un hecho social que lo ha acompañado desde siempre.

Todos los seres humanos sublimamos nuestros instintos, así lo determina como necesidad la vida social. El arte cumple una de sus funciones más sobresalientes: dar a nuestra especie una alternativa ante la vida, que no siempre es satisfactoria para todos.

Con ello, en muchos casos, el arte ayuda a evitar la realización de actos dañinos para la sociedad. Pero, muy especialmente, brinda la posibilidad de buscar un mundo mejor para todos y, con ello, nos lleva a uno de los sentimientos más necesarios para vivir y posibilitar la felicidad: la esperanza, la búsqueda de la utopía.

Enseñanza. Es necesario mencionar que las demás funciones del arte son también vitales: como educación e historia. Nuestros antepasados prehispánicos enseñaban a los jóvenes de forma artística cuál había sido el desarrollo de las sociedades en las que vivían.

El Teatro Nacional nos habla de una sociedad costarricense que, a pesar de su difícil situación económica, tuvo la visión y el anhelo de producir un monumento donde se pudieran expresar las generaciones futuras.

Y allí hemos escuchado a nuestros mejores músicos, hemos visto a nuestros mejores actores, se han expuesto en sus salas algunos de nuestros mejores artistas visuales y hemos acudido como espectadores todos aquellos que hemos querido soñar con una sociedad costarricense más educada e informada.

Otras funciones son también relevantes: la denuncia social, que en el Teatro Nacional la hemos visto en producciones teatrales y musicales de envergadura, la denuncia social que es hoy malentendida y se ha manifestado de forma violenta innecesariamente, es una función determinante del arte.

Las grandes revoluciones humanas, que en muchos casos sí necesitaron de actos extremos, se han manifestado siempre, y con mucha frecuencia, como premonitorias por medio del arte.

Riqueza cultural. Las funciones del arte son tantas que no tengo el espacio para desarrollarlas todas y, sobre todo, que lo que cuenta actualmente es tratar de motivar a los diputados para que comprendan la importancia de nuestro Teatro Nacional.

Una sociedad rica únicamente en bienes materiales no se sostiene si eso no conlleva una riqueza cultural y artística que pueda dignificar el espíritu de sus habitantes y llevarlos hacia una sociedad mejor para todos.

No es cierto que el Teatro Nacional es un lugar a donde solo asiste la élite, al menos no la económica. Durante mis años estudiantiles, asistí a la galería del Teatro, no teníamos en ese entonces dinero para pagar luneta o butaca, pero pude disfrutar de muchas producciones prestigiosas que hoy enriquecen mi vida interior.

El arte sí sirve; sirve como eje de todas las sociedades, y si un legislador no lo comprende así, sería mejor que busque otro oficio porque jamás será un verdadero líder político que comprende la sociedad en que vive.

Por eso, salvemos el Teatro Nacional. Con ello salvaremos nuestra vida cultural y artística. En el fondo, quizás, estemos permitiendo que algún costarricense de algún lugar remoto que esté buscando una salida mejor para su vida pueda, en algún momento, orgullosamente, presentarse en ese escenario y alejarse de opciones negativas.

La autora es abogada y experta en artes, sociedad y cultura.