María Flórez-Estrada Pimentel. 11 agosto

El hecho más relevante del discurso pronunciado por el obispo de Tilarán, en la celebración cultural de La Negrita, es que, aparentemente, la Iglesia católica costarricense vuelve a tener voz.

El papel protagónico ejercido por el obispo Víctor Manuel Sanabria en la construcción del Estado social confesional católico, en los años cuarenta del siglo XX, ya comenzó a ser recordado.

Sin embargo, antes de revisar la resolución que dio el obispo Sanabria a los efectos de aquella crisis capitalista, es necesario recordar la primera disputa del catolicismo contra las ideas de la modernidad liberal, la cual fue protagonizada por el obispo Bernardo Augusto Thiel.

Será interesante ver si el ánimo de las mujeres costarricenses del siglo XXI está para ser reapresadas en los viejos mandatos.

Tal disputa ocurrió no solo en Costa Rica, sino en todo el orbe que había sufrido las consecuencias de la hegemonía religiosa católica aliada con los distintos regímenes monárquicos.

Siguiendo la doctrina establecida por el papa Pío IX, primero, y por León XIII, después, Thiel declara al liberalismo el “enemigo” — satánico— y estratégico del catolicismo.

Autonomía. ¿Por qué? Como fundador de los derechos y libertades individuales, el liberalismo dotó de autonomía al individuo (hombre, por lo demás), frente al tradicional autoritarismo de los pensamientos religiosos.

En sus cartas pastorales, Thiel declaró la guerra a todas las libertades individuales, como las de pensamiento o conciencia, de expresión y, en general, a la idea moderna de que el sujeto individual tiene derecho a su autonomía.

Que el individuo pudiera ser autónomo del tutelaje eclesial constituía un desafío directo y mortal al principio de autoridad patriarcal católico, y las ideas democráticas y liberales desataron un proceso de secularización nunca antes vivido en Costa Rica.

El esfuerzo liberal incluyó establecer el carácter laico y, eventualmente, universal de la educación pública, con lo cual apartó a la Iglesia del control de los medios de la reproducción ideológica.

Pero, igualmente significativo, el liberalismo estableció un orden sexual laico en sustitución del orden católico. Hizo posible el matrimonio y el divorcio civiles, así como el derecho de la mujer casada a establecer contratos y a representarse a sí misma en los tribunales.

La posterior hegemonía marxista en el análisis de la historia y de otras ciencias sociales, al enfatizar en los conflictos económicos entre clases sociales, oscureció que la lucha era por “hegemonizar” el modo de organizar la sociedad también en términos sexuales. Pero, nuevamente, la complejidad de la realidad social se sacude de los análisis estrechos y nos muestra su entero rostro.

Las guerras de los obispos Thiel y Sanabria contra la modernidad liberal incluyeron su rechazo del periodismo, los libros, las novelas, los discursos filosóficos no católicos y a que los seres humanos se creyeran competentes para emitir una opinión propia sobre los temas relativos a la moral, la religión o las costumbres.

Combate a las nuevas ideas. Ambos combatieron las nuevas ideas que ya entonces proclamaban el “amor libre”, la soltería, las relaciones no heterosexuales, el uso de anticonceptivos para evitar o planificar la cantidad de hijos, el derecho al divorcio y, por supuesto, la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres.

Ambos supieron aliarse contra el liberalismo particularmente con los hombres de los sectores populares, pues el desarrollo del capitalismo industrial los golpeó no solo económicamente, sino en su masculinidad.

Al propiciar el trabajo de las mujeres en los talleres y en las fábricas, los capitalistas podían pagarles salarios inferiores por el solo hecho de ser mujeres. Esta nueva competencia aumentó el desempleo masculino, pero también debilitó el control de los hombres de los sectores populares sobre “sus” mujeres (esposas, hijas, etcétera), quienes ahora salían a laborar fuera del ámbito doméstico y ganaban su propio dinero.

Reconfiguración económica. El “salario familiar” del capitalismo temprano fue definido por Adam Smith, Carlos Marx y el papado en los mismos términos: como el monto que permita a un obrero reproducirse a él mismo y a su familia. Y esta fue la propuesta católica, liberal católica y comunista implícita en el modelo del Estado social costarricense.

El “salario familiar” se concretó en la red de instituciones públicas que completaron el “nido” para la reproducción de los hombres de los sectores populares y buscó “devolver” a las mujeres a la domesticidad, de modo que “amas de casa” reprodujeran a la “clase obrera” y ejercieran una “maternidad científica”, del mismo modo que ocurría en los hogares burgueses.

Pero los estados de bienestar modernos sustentados por el salario familiar se hicieron difíciles de costear cuando la crisis capitalista de los años setenta del siglo XX llevó a una reconfiguración global de la economía.

Y aquí estamos ahora. La vieja disputa olvidada por “hegemonizar” el orden sexual y social reaparece, pero en un nuevo contexto en el cual las mujeres ya han probado las mieles de la autonomía.

El obispo de Tilarán y los partidos cristianos coinciden en querer restaurar el principio de autoridad patriarcal bíblico, según el cual ellas deben casarse, estar subordinadas a sus maridos y procrear todos los hijos que “Dios les mande”. Será interesante ver si el ánimo de las mujeres costarricenses del siglo XXI está para ser reapresadas en los viejos mandatos.

La autora es docente e investigadora.