Carlos Molina Jiménez. 15 octubre

Las privatizaciones y desregulaciones están a la orden del día y, por ello, las instituciones públicas se hallan en peligro.

Pero es más el peligro porque atentan contra ellas no solo quienes las atacan, sino también quienes pretenden ejercer su defensa.

Si una institución perdura porque se ha saneado (única forma genuina de salvarla), ganamos todos.

El único modo seguro de preservarlas es la promoción del buen desempeño, no intentando blindarlas con protecciones legales. Esto último, quizá, retarde el estallido; sin embargo, lo hace aún más violento y destructivo.

Los sindicatos prefieren la solución del blindaje por dos razones: para el empleado público, esta alternativa aparenta ser la óptima, pues reduce sus costos y maximiza sus beneficios; además, ostenta la figura inconfundible del triunfo arrollador. Estas galas resultan engañosas, especialmente, porque dejan intactos los tumores más virulentos y alientan más bien su proliferación.

Trabajar en serio. La otra solución —para la cual es necesaria una sólida base ético-moral— no presenta esos atractivos, mas es la única que en verdad funciona.

Tiene altos costos: conlleva trabajar en serio, actuar como servidor y no como usufructuario, y contraer un fuerte compromiso con el ideario institucional. Pero produce aliados y devotos, produce idoneidad, produce resultados, produce indispensabilidad.

¿Qué se obtiene, en realidad, si el trabajador se asegura, en lo personal, contra todo riesgo e incertidumbre, pero por eso mismo pone en riesgo e incertidumbre la institución que le otorga esas garantías? ¿No sucederá lo mismo si por precaver contra toda eventualidad se agobia con sobrepeso el avión que lo transporta?

El empleado público, en especial, el joven, a quien le quedan muchos años de labor por delante, debe aunar a la defensa de sus derechos y beneficios individuales la de la viabilidad y la eficiencia de la institución a la que sirve. No esforzase por establecer este balance, equivale a atentar contra la gallina de los huevos de oro, a cortar la rama sobre la cual se halla instalado.

Limpieza profunda. Si una institución perdura porque se ha saneado (única forma genuina de salvarla), ganamos todos. Los de adentro, ante todo, pero también el público porque recibe servicios de buena calidad y el país en su conjunto.

Este último, en efecto, dispondrá, así, de un timón más para fijar su rumbo, es decir, de cierta capacidad específica de encarrilar, mediante decisiones colectivas eficaces, el curso implacable de los acontecimientos.

El autor es filósofo.