Sylvie Durán. 21 abril

Como bien se ha expresado en medios de comunicación y en las redes sociales, los siniestros que afectaron Notre-Dame en París y el Museo de Río de Janeiro no pueden pasar inadvertidos. Por el contrario, en lo que se refiere al Teatro Nacional y a nuestros edificios patrimoniales, deben motivarnos a actuar de forma oportuna, establecer los mecanismos de financiamiento y gestión apropiados —la rápida respuesta en Francia se dio gracias a su robusto marco normativo— y a hacer lo anterior con propuestas realistas fundadas en datos.

Existe un grave riesgo para nuestro Teatro Nacional, que exige atención urgente y seguirá acentuándose mientras no cumplamos con el Programa Integral de Seguridad y Conservación del Monumento Histórico Teatro Nacional. El programa, aprobado para ser financiado por el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), valorado positivamente por todas las instituciones a cargo de los empréstitos en nuestro país —Mideplán, Dirección de Crédito Público en Hacienda, Banco Central— y votado afirmativamente por la comisión legislativa correspondiente, está a las puertas del plenario legislativo.

Se trata de un programa creado bajo principios de seguridad humana, preservación, actualización, conservación y reversibilidad, en armonía con su naturaleza patrimonial. Está fundamentado en conocimiento técnico de expertos; es austero y sensato como inversión pública, pertinente y realista porque retoma responsablemente esfuerzos de varias administraciones para integrar las necesidades del edificio en su dimensión patrimonial y como espacio teatral.

Peligros. Hemos expresado en diversos foros, medios y, especialmente, ante los diputados, que se trata de un programa integral, en el cual la desagregación de los componentes no es posible. Cada componente cumple una función precisa para la conservación y seguridad del Teatro. Ilustro el punto con uno de los elementos que se han tachado de accesorios: el traslado de las oficinas administrativas y los servicios de apoyo a un nuevo espacio de servicios que será construido en lo que conocemos hoy como edificio de la Sala Vargas Calvo.

Dichos servicios, incorporados al edificio a lo largo de los años, han causado alteraciones en funciones originales de diferentes espacios, v.g., camerinos convertidos en oficinas o en taller de restauración. Representan uno de los principales factores de riesgo señalados por los especialistas.

Desalojado todo lo posible, nuestro Teatro sigue albergando hoy un generador de diésel y su tanque de combustible, así como los cuartos de máquinas y de monitoreo, y los servidores. No construir ese núcleo de servicios fuera del edificio es mantener uno de los principales elementos de riesgo para el Teatro, además de afectar sustantivamente su capacidad de operación y, con ello, su sostenibilidad.

Lo mismo puede decirse del paso de las actuales luces incandescentes a luces frías, o de la necesidad de una nueva tramoya mecánica. La actualización del cableado eléctrico sin el cambio de luces nos protegería de cortocircuitos, pero no del sobrecalentamiento. La nueva tramoya, por su lado, es indispensable para sostener los telones cortafuegos que deben instalarse y cuyo peso supera en tonelada por unidad de área lo que soporta la tramoya histórica.

Esta última, además de ser restaurada, verá incrementada la protección, pues ya presenta deformaciones inaceptables, producto de la imposición de la carga de los instrumentos escénicos que han evolucionado y para los cuales no fue diseñada. Así, podríamos seguir con el aporte de cada uno de los componentes a la seguridad y conservación del Teatro.

Tiempo valioso. No termina ahí nuestra preocupación: todo rediseño de la propuesta equivaldría a volver al principio. ¿Por qué? Con los tiempos administrativos y los niveles de experiencia técnica que necesita cada detalle del Teatro, tomaría de dos a tres años reestudiar y reajustar diseños, la reformulación financiera y someter de nuevo a análisis la propuesta tanto a la entidad financiera (que archivaría la existente y consideraría la nueva como tal), como a las instituciones mencionadas al inicio.

Hecho ese proceso, y si concluye con éxito, se reanudaría el ciclo de aprobación en la Asamblea y la comisión para volver al punto en el que nos encontramos hoy, tres años después. Años de riesgo para el edificio, sus obras y sus objetos de arte.

Como vimos en las amargas experiencias recientes, cuando se trata de fatalidades, la historia no advierte ni da dos veces la oportunidad.

La autora es ministra de Cultura y Juventud.