Mario Matarrita Arroyo. 16 octubre

Para acercarse al Unamuno de Alejandro Amenábar, en Mientras dure la guerra, se necesita muchísima sensibilidad. De la que se siente cuando, luego de un periodo de ausencia, se acude al encuentro de un buen amigo.

La razón es que el director chilenoespañol (Los otros y Mar adentro) construye un relato cinematográfico conmovedor, que articula en una figura cinematográficamente imposible en tiempos de superhéroes plásticos y romances fáciles: un intelectual diversiforme.

Don Miguel, el español que fue vasco, mas también catalán y andaluz, por la vía de sus mejores armas: la lengua y las palabras.

Y es que, antes de escritor, docente, filósofo, poeta, rector universitario, padre o abuelo, Unamuno fue, por encima de todo, un pensador. La suya fue una de esas almas en extinción, forjada para cuestionar y ser cuestionada (“…me he pasado toda mi vida creando paradojas que enojaban a los que no las comprendían…”).

Ese pack de sensibilidad es necesarísimo, además, porque el relato donde se incrustan la vida y obra unamunianas está indeleblemente marcado por una España rota, una España que, conjugada en clave del infinito genio de Ortega y Gasset, se presentaba invertebrada ante el mundo (cual admonición del desequilibrio y tensión que corren en estos días a propósito de la cuestión catalana).

La complejidad contextual la capta el filme estrenado el 27 de setiembre a través de, entre muchos otros recursos, una construcción imponente de sus personajes principales: Unamuno (Karra Elejalde), viejo cascarrabias que, por los años a cuestas y su colosal capacidad intelectual, se permitía, de cuando en cuando, la inobservancia de las pautas de la interacción social; un Franco (Santi Prego) tan astuto que pasaba por tonto cuando la situación lo ameritaba; y un general Millán Astray (Eduard Fernández) como el macho alfa a quien el ángel de la muerte, lejos de asustar, seducía permanentemente con su canción (“¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!”).

Ética de urgencia y palabras. La película es sencillamente un pretexto para adentrarse en un fragmento de la vida de uno de los más ilustres y prolíficos intelectuales de la España moderna.

Funciona también para cuestionarse la altura moral con la cual el pueblo español salió al encuentro de, sin lugar a dudas, uno de sus más grandes desafíos: la guerra (in)civil (1936-1939).

La ética de urgencia que sobreviene en la vida de Unamuno, por la tensión permanente entre sus pensamientos y acciones, aparece reflejada en esa conjunción —las existencias del escritor y del conflicto—; una urgencia marcada, de forma contundente (“…sabéis que no soy capaz de permanecer en silencio ante lo que se está diciendo…”), por la defensa a ultranza de sus principios, pero, igualmente, por su capacidad para retractarse cuando se sabía equivocado (“Se ha hablado aquí de una guerra internacional en defensa de la civilización cristiana. Yo mismo lo he hecho otras veces…”).

Todo esto lo hizo don Miguel, el español que fue vasco, mas también catalán y andaluz, por la vía de sus mejores armas: la lengua y las palabras (“...yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis. Ese sí es mi imperio…”); de ellas aún resuenan con estridencia en la Universidad de Salamanca (12/10/1936) aquellas que pronunció para dar a entender que “vencer no es lo mismo que convencer” porque esta última requiere persuadir y, para ello, la razón y el derecho son necesarios.

De esa y otras tantas “provocaciones” está colmada Mientras dure la guerra. No podía ser de otra manera, claro, pues se trata de un tributo para aquel a quien provocar —tanto a amigos como a adversarios— se le daba estupendamente.

Ese es quizás uno de los motivos por el cual casi un millón de españoles han abarrotado las salas de cine; es, asimismo, el posible motivo por el que muchos guardan solemne silencio (¡smartphones enfundados en bolsillos y carteras!) cuando, acabada la película, brotan las primeras líneas de los créditos y se encienden las luces.

Será por esas razones, pienso; o, quizás, ¿por qué no?, por toda la sensibilidad que lograron traer al encuentro con ese amigo olvidado; ese amigo que recordaban tener, pero que, hasta entonces, se había fugado caprichosamente de su memoria.

El autor es abogado.