Josué Chaves Fernández.   5 diciembre, 2019

Los vecinos de la urbanización Las Flores, ubicada en San Pablo de Heredia, nos topamos con que dividieron nuestro parque. Está atravesado a la mitad por una malla, al mejor estilo del Muro de Berlín. A un lado, se encuentra el área de cemento donde está la cancha de básquetbol, y al otro, el terreno se encuentra cerrado por completo: todas las áreas verdes y el área para trotar, donde hace un par de años se levantaron cuatro paredes de lata para hacer una especie de iglesia improvisada en un lugar donde antes había hamacas, toboganes y árboles. La zona verde fue invadida poco a poco por carros, que detenían cualquier actividad de recreación y entraban al parque como si fuera un garaje.

Consternados por la situación, escribimos a la Municipalidad de San Pablo para saber acerca de este cambio; sin embargo, hasta el momento, seguimos esperando la respuesta. El terreno fue cercado por lo que parece ser un templo católico y por eso le pido a la Iglesia que lo devuelva a la comunidad.

Más que terreno. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), la obesidad aumenta en Costa Rica, a tal grado que se califica de epidemia. Si bien instituciones como el Ministerio de Salud y el Ministerio de Educación han hecho esfuerzos por concientizar a la población sobre una buena alimentación y una vida activa, las campañas son insuficientes.

Cuando hablamos de que la salud es integral, debemos tener en cuenta que un factor que influye en la calidad de vida de las personas es el espacio donde habitan, es decir, el terreno que la comunidad utiliza y del cual se apropia para su desarrollo personal, social, mental y recreativo.

No solamente al cercar el parque se pone un obstáculo a nuestra salud, sino que también se contamina visualmente nuestro vecindario y aumenta el sentimiento de inseguridad por amurallar un área destinada a ser un espacio recreativo y de acceso a las pocas zonas verdes aún disponibles en la comunidad.

Entristece mucho observar a los niños viendo todos los días hacia el espacio ahora cercado, a personas sentadas fuera del lugar, y también incomoda escuchar a vecinos resignados a que este tipo de construcciones sin planificación terminen empeorando la apariencia del vecindario, por haber sido construidas en un lugar que nunca estuvo diseñado con ese propósito.

No existe una razón válida para eliminar el único parque que aún mantiene zonas verdes, sobre todo a sabiendas de que hay dos iglesias hermosísimas a muy corta distancia: la de Santo Domingo y la de San Pablo.

Le pedimos a la Iglesia católica investigar el asunto y hacer lo correcto, que es devolverle y el lote a la comunidad.

El autor es ebanista.