Óscar Raúl Hernández. 4 noviembre, 2019

El Instituto Británico de Arquitectos premia las mejores obras de arquitectura y urbanismo. Por el contrario, dos revistas escocesas nombran sin miramiento los Premios Carbunclo a los peores ejemplos basadas en el criterio de un panel de expertos y nominaciones populares.

El peculiar nombre se le debe al príncipe de Gales, quien durante una polémica, porque un jurado había escogido un proyecto absolutamente irreverente para la ampliación de la Galería Nacional, dijo que la propuesta era “como un monstruoso carbunclo en la cara de un muy querido y elegante amigo”. La escogencia del jurado fracasó.

¿Qué pasaría si en nuestro país se creara una versión local del Premio Carbunclo? Los costarricenses ya han participado en las redes sociales con múltiples y ácidos apodos a un inmueble inconfundible.

La gente acostumbra poner apodos a edificios emblemáticos: en Londres, a la Municipalidad le dicen el armadillo porque se parece al caparazón cubierto de vidrio; la astilla (The Shard) es un rascacielos de 95 pisos cuyos desarrolladores adoptaron oficialmente ese nombre popular; en la City —el distrito financiero— está el pepinillo, un rascacielos de 40 pisos con esa forma; otro rascacielos es el Walkie-Talkie. Recibió el Premio Carbunclo y es famoso, además, porque la fachada forma un reflector solar, que, según dicen, desde cierta hora es posible freír un huevo.

En esa zona, en general, la arquitectura de alta tecnología convive armoniosamente con una joya patrimonial de 1881, el Leadenhall Market, visita obligada de los seguidores de Harry Potter, porque en las galerías se filmó un episodio.

¿Qué pasaría si en nuestro país se creara una versión local del Premio Carbunclo? En materia de urbanismo, podría postularse la destrucción, por parte de la Municipalidad de San José, del paseo de los Estudiantes para sustituir la historia y tradición por un arco chino y unas estatuas de Confucio perdidas en un mar de pavimento del peor acabado. Una destrucción, además, de la vida comercial que paradójicamente pretendían dinamizar.

Los costarricenses ya han participado en las redes sociales con múltiples y ácidos apodos a un inmueble inconfundible: la caja de leche, el tetrabrik, el búnker, el sarcófago, la cárcel de Azkaban, el tuco, la copia de una cárcel de Chicago, el diseño de los hermanos lelos, el primer cajón de la República.

Cuando uno ve esa insípida masa gigantesca construida con todo el cemento del mundo, sin carácter o identidad con respecto a su función institucional; ofensiva para el patrimonio vecino en una zona de control especial, según el plan regulador, con la inexplicable aprobación del Centro de Patrimonio y el Ministerio de Cultura; con sus hendijas por las cuales apenas se podrán asomar los inquilinos, propia de una fortaleza desubicada y anacrónica, se comprende entonces por qué esos apodos y severos calificativos del pueblo más bien se quedan cortos.

Los edificios no se hacen solos, alguien los diseña y alguien aprueba los diseños, ya sean propietarios, administradores o jerarcas, cuyo fatal resultado, como en este caso, sin remedio para siempre, escudados sus responsables en el simplismo y la conveniencia de lo subjetivo, merecería sin duda un hipotético y monumental Premio Carbunclo.

El autor es arquitecto.