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Foro: Los límites de la democracia

Identificadas las medicinas para los males que nos aquejan, corresponde tomarlas para superar la enfermedad.

Decía José Ingenieros que en raros momentos de la historia la pasión y los idealismos se exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan. Nada más certero.

La Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas es una renovación hacia el orden económico y social con que se administrará el Estado. Habiendo abordado como país el problema, tenemos una oportunidad de oro para evaluar el planteamiento del filósofo italoargentino.

Innumerables signos lo comprueban: uso de violencia para imponer criterios particulares, violación de derechos fundamentales, reticencia para buscar comprensión de medidas necesarias, desobediencia de instituciones públicas al acatamiento de directrices del Estado aduciendo una mal entendida autonomía, pérdidas millonarias por paros y huelgas políticas, afectación del turismo, bloqueos en vías nacionales, cierres de colegios y el deterioro de nuestra imagen internacional. Síntomas de una gobernabilidad cada vez más complicada.

Moral y democracia. Una democracia moralmente viable existe cuando no hay desviaciones egocentristas en los gobiernos al dirigir, ni prevalecen en el pueblo los apetitos sobre los ideales al buscar la comprensión de las decisiones que se toman. Pero cuando las políticas del presidente se ajustan a los valores y convicciones de los ciudadanos (como cuando todos reconocemos un problema en materia fiscal) es inmoral involucrarse por la vía del berrinche.

Al pueblo le falla la memoria de corto plazo: tanto en campaña como al tomar posesión el presidente, Carlos Alvarado, mencionó como máxima prioridad la necesidad de atender la situación fiscal. Ahora que en tiempo récord aprobamos un excelente punto de partida para retomar el curso de la responsabilidad, no es honorable entorpecer dicha labor a punta de caprichos.

La vida en una democracia implica responsabilidades para todos los participantes, tanto para quienes ejercen el poder legítimamente investidos como para quienes los eligieron.

La responsabilidad de dirigir honestamente por el camino del bienestar supremo de la mayoría, por ejemplo, debe ser recibida por un pueblo igualmente responsable de informarse y entender los momentos políticos, económicos y sociales por los que se atraviesa para estar en condiciones de asomarse a la complejidad de dirigir una nación y de aceptar las correcciones, por duras que estas sean.

Todos somos responsables, al final, de nuestra situación presente al permitir abusos de clases políticas pasadas. Pero, identificadas las medicinas para los males que nos aquejan, corresponde tomarlas para superar la enfermedad.

Liderazgo. Similares responsabilidades les corresponden a quienes ostentan credibilidad pública por sus opiniones —influenciadores—, como los conocemos hoy. Nuestra Constitución tutela la libertad de comunicar opiniones, oralmente o por escrito, de publicarlas sin previa censura y sin ser inquietados ni perseguidos por este motivo. Pero quienes buscan influir en la opinión pública deben tener como brújula moral el pensamiento crítico, la coherencia y la comprensión profunda de los asuntos que abordan. La entrevista a representantes de Medse en el programa Matices de Radio Monumental, demostrando lo contrario, es vergonzosa y risible.

No estamos siendo una democracia. Hemos vivido una pretensión en la cual han prevalecido confabulaciones de gremios y turbas sin representación, henchidos de pasión, carentes de razones o de voluntad de escuchar, mientras desechan ad portas los esfuerzos honestos por encauzar el rumbo del país.

Se basan en la premisa de que existe un “pueblo” capaz de asumir la soberanía del Estado, pero no hay tal: las masas de pobres e ignorantes no han tenido, hasta hoy, aptitud para gobernarse. Ese es el verdadero talón de Aquiles del cual debemos proteger nuestra democracia.

Pretender que todos pueden participar en el cambio de rumbo de un país opinando irresponsablemente, no es democracia. Más nos valiera buscar una aristocracia del mérito, basada en la selección natural y no en la nivelación. En este sentido, decía Ingenieros que la desigualdad humana es evidente en cada tiempo y lugar, pues siempre habrá hombres y sombras.

Los hombres que guían a las sombras son una especie de aristocracia natural y su derecho es indiscutible: es justo porque es natural. Tiene su fórmula absoluta: “La justicia en la desigualdad”.

mendez.josealberto@gmail.com

El autor es mercadólogo y consultor.