Óscar Torres Padilla. 29 mayo

En estos días de confinamiento, me tropecé con un clásico del cine francés, Las vacaciones del señor Hulot, comedia de Jacques Tati, de 1953.

La película, en su momento, fue analizada como una crítica a las clases políticas y económicas de Francia. Para nosotros, ahora, el interés se centra en el concepto de vacaciones que muestra el filme en los meses de verano de los franceses.

En el transcurrir de los 67 años desde la producción de la cinta, se ha acentuado el culto por las vacaciones en los europeos en general. Es una manera de vivir, un paréntesis anual obligado, producto de las mejoras en las condiciones materiales de vida, de las facilidades de transporte y la globalización.

Hulot pasó sus vacaciones en la ciudad francesa de Saint-Nazaire, lo cual agrega un ingrediente interesante al concepto de vacaciones. El mercado interno para el desarrollo del turismo desempeñaba, y lo sigue haciendo, un papel de primer orden.

Sin embargo, en los tiempos que corren, debido al cierre de fronteras, quedó en evidencia que ese mercado interno no es suficiente para el sostén de la infraestructura turística.

Los países receptores de turismo, Italia, Grecia, Portugal, España y Francia, plantearon el desconfinamiento, en una primera etapa, para sus nacionales.

Pero el verdadero desconfinamiento ocurrirá el 1. º de julio, con el inicio de las vacaciones de verano. A partir de esa fecha, se espera un levantamiento de las barreras fronterizas, que facilite un desplazamiento fluido de turistas, no importa que sea por tierra —no habrá tiempo para que las compañías aéreas se amolden a la nueva normalidad—, entre esos países.

Realidad nacional. Ahora, ubiquémonos en la realidad costarricense: ¿Cuál es el concepto de vacaciones? ¿Permitirá el mercado interno sacar del atascadero, producto de la pandemia, al sector turístico?

El concepto de vacaciones de los costarricenses es muy distinto al del señor Hulot en 1953. Sin duda, existe una élite y alguno que otro perdido que religiosamente toma un periodo de descanso anual, pero difícilmente es algo que mueva masas.

El segmento de población que hace turismo regularmente no se queda en territorio nacional. Viaja al exterior.

Alguien, de manera burda, afirmó que, anualmente, salen del país un millón de personas a hacer turismo. Pareciera una cifra un tanto exagerada. Representa el 20 % de la población del país. En su decir, ese millón de personas sería el tamaño del mercado interno, en ausencia de posibilidades de viajar al exterior.

También, de manera burda, podríamos jugar con algunas cifras de llegadas de visitantes a Costa Rica al año. En la “antigua normalidad”, se estimaba en tres millones de turistas anuales. Es decir, existe infraestructura (hoteles, restaurantes, servicios en general) que soporta la atención de tres millones de turistas.

Por tanto, si quienes se calcula que viajan al exterior a hacer turismo (un millón de personas al año) se vuelcan al mercado interno, por razones conocidas, y nuestra capacidad es para tres millones de turistas, nos sobran camas y servicios. Con el mercado interno daríamos de comer solamente a un tercio de la infraestructura hotelera.

Sociedad golpeada. Esos cálculos burdos tienen como marco de referencia la antigua normalidad en términos de poder adquisitivo y de una consideración de la salud exenta de virus.

En la nueva normalidad, la demanda interna de servicios turísticos quedará bastante golpeada, no solo en poder de compra, sino también cautelosa al contagio del coronavirus. Habría que ver cuántos quedarán excluidos cuando se enfrenten a los precios de los bienes y servicios turísticos nacionales con un poder de compra bastante disminuido.

De acuerdo con las consideraciones anteriores, el mercado interno costarricense ni siquiera ayudará al arranque del sector modelado para atender visitantes extranjeros.

¿Cuál sería la demanda interna, por ejemplo, que permitiría a la infraestructura turística de San José alcanzar niveles de ocupación suficientes para justificar abrir sus puertas?

Los mismos rectores sectoriales consideran que el turismo es solo playa, aventura y, ahora, congresos.

La crisis del sector turístico nacional e internacional tiene raíces muy profundas, que no han sido suficientemente discutidas. Se ha tratado de tapar el sol con un dedo al hablar del mercado interno.

Primero, la pandemia y su corolario, el confinamiento de tres cuartas partes de la población mundial, con sus efectos catastróficos en las economías de sus respectivos países, ha empobrecido a numerosos segmentos, destruido empleos y empresas de todo tamaño (desde sodas hasta los grandes fabricantes de automóviles, etc.).

Segundo, el temor de contagiarse va a frenar los impulsos viajeros, sobre todo cuando se trate de ir encerrado en un avión durante muchas horas.

Aun si las aerolíneas hicieran los ajustes necesarios en las cabinas y en los requisitos de viaje para evitar la contaminación, prevalecerá el miedo por largo tiempo, amén de que los precios de los pasajes sufrirán un aumento significativo a causa de las nuevas condiciones.

Sin vacuna o con vacuna, con fronteras cerradas o abiertas, pasará un largo rato. Algunos hablan de cinco años para la estabilización del movimiento internacional de turistas. Difícilmente, volveremos a tener los niveles previos a la pandemia del coronavirus.

El autor es empresario hotelero e investigador del Observatorio del Turismo (OTU).