Rafael León Hernández. 24 febrero
28/1/2021 Fachada del edificio central de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS). Foto Rafael Pacheco
28/1/2021 Fachada del edificio central de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS). Foto Rafael Pacheco

La Caja Costarricense de Seguro Social es un ente extraño, ambiguo. Puede dar las mejores y las peores noticias; brindar la mejor atención, pero también la más inhumana.

Mientras las noticias dependen de la propia salud, de la ciencia y de la técnica, el trato sigue siendo potestad de esos seres a los que llaman funcionarios, que son quienes, finalmente, conforman esa institución que amo y odio al mismo tiempo.

A la Caja solo voy, literalmente, cuando no tengo remedio. Llego como pordiosero, es decir, pidiendo «por Dios», y termino tratado como diablo, como quien se atreve a entrar en un reino ajeno sin merecerlo.

No es nuestra, como a veces afirman, es de ellos. Y la gobiernan con mano dura o suave, según su ánimo o simpatías.

La palabra doctor es el título nobiliario que se persigue e idolatra, pero, aun sin él, cada quien se aprovecha de su poder y su feudo para someter a los vasallos; desde el guarda que decide quien merece entrar en sus dominios hasta cualquiera que porte una aguja como arma o el que tiene la potestad de retener u otorgar un medicamento.

Han dejado de atendernos si no cargamos un papel que allí mismo fue generado y cuya información consta en sus sistemas. Y sabemos que un internamiento significa casi una renuncia a la dignidad humana.

Quejarse es inútil. «Eso no es aquí», «vuelva otro día», «a mí no me toca» son letanías que se repiten religiosamente, y el paciente sabe que el reclamo o la queja no solo es inútil, sino contraproducente. No es la cura peor que la enfermedad, sino el proceso para conseguirla.

Hay aquí, además, salvoconductos (el familiar, el amigo, la cita pagada por fuera) porque el enfermo sabe que en ocasiones es la única forma de obtener el favor de la nobleza, y quien no acude a esas opciones espera lo que muchas veces no llega. Hay pacientes que aparecen de la nada y los atienden en un abrir y cerrar de ojos, como si vinieran referidos de lo alto, mientras los demás esperamos y esperamos.

Recibimos insultos por no sabernos al dedillo la burocracia imperante y terminamos como mensajeros internos, llevando papeles y recados de un lado para otro. Presenciamos rencillas entre funcionarios y hasta somos excusas para ellas.

También hay gente buena en la Caja; me consta. Si son los más o los menos, no sabría decirlo, pero los he visto luchar contra el sistema.

Hablo más de los otros, pues son los que se notan, porque en un peregrinaje sombrío (como una enfermedad), hay manos que ayudan sin dejar marca y otras que apedrean dejando el alma adolorida, que tienen la palabra hiriente siempre lista en la boca y el trámite infructuoso esperando bajo la manga.

Personas. Pero, para ser justo, debo hablar de esa otra cara, la de quienes no han olvidado que los que van a la Caja no lo hacen por gusto o pasatiempo y que, sin importar las condiciones, los pacientes siguen siendo personas.

Así como me ha tocado lidiar con el médico prepotente, también lo he hecho con el compasivo; con el que no le importa mi bienestar y el que recuerda que a eso se dedica. Así como me ha tocado interactuar con el empleado administrativo que me ofende y humilla, también lo he hecho con el que me respeta y orienta.

No deja de ser extraño que ambas versiones de funcionarios coexistan bajo las mismas paredes, las mismas condiciones y posibilidades. Cierto es que la Caja podría estar mejor, incluso para sus empleados, pero la sensibilidad humana no depende solo de recursos materiales y económicos, sino, evidentemente, de los humanos.

La Caja es necesaria, pero no debería ser un mal necesario. Sin ella estaríamos peor, los recursos nunca alcanzan y deben ingeniárselas para salir adelante como sea. Pero nada de eso justifica el maltrato; igual se puede dar un diagnóstico con tacto que de forma grosera; se puede practicar un procedimiento tomando en cuenta que la persona esta asustada y adolorida o sin dar importancia a tales sentimientos.

En términos de salud, le debo muchísimo a la Caja, es cierto. Pero también es cierto que a ella le debo los peores tratos que he recibido en mi vida. Si enfermar es malo en sí mismo, peor lo es terminar dependiendo de una institución enferma, de gente con la humanidad herida y la empatía rota, pues para ese tipo de males nos falta aún la medicina.

El autor es psicólogo.