Víctor Fernández Castillo. 11 mayo

La Semana Santa del año anterior llamó mi atención que en todas las diócesis hubo preocupación por documentar gráficamente en las redes sociales el desarrollo de los oficios religiosos y transmitir en directo las misas y procesiones.

Todo ello sin menoscabo de las transmisiones que siempre han hecho las emisoras de las diferentes diócesis, algunas con más recursos que otras, pero que gozan de gran audiencia.

Mucha gente que tal vez no asistía al templo parroquial o a su filial más cercana se ha congregado con gran devoción y regocijo en su casa.

Aparte de la radio, la Arquidiócesis de San José incursionó en la televisión con un medio propio, San José-TV (canal 48 en señal abierta) y transmite las 24 horas.

Diferentes empresas de cable lo tienen en su oferta, y no crean que me refiero a cobertura en la Gran Área Metropolitana o grandes centros de población, ya que, hasta zonas rurales, con caminos de tierra, están cruzadas por cables de empresas locales.

Podríamos decir que todo lo hecho el año pasado sirvió para el comienzo de la labor que, sin esperarlo, se ha llevado a cabo en este 2020 después del cierre de los templos debido a la emergencia de la covid-19. Así, la Iglesia sigue abierta y activa.

Misas virtuales. Quienes pasamos revista a las redes sociales hemos tenido una amplia oferta para participar en la eucaristía en el templo y con el sacerdote que nos agrade, desde la comodidad de nuestro hogar, gracias a la tecnología, pues desde las parroquias rurales hasta las urbanas disponen de cuentas en Facebook y otras aplicaciones que les facilitan no solo escribir e ilustrar con fotografías e imágenes religiosas, sino también transmitir en tiempo real.

Ha sido una gran experiencia participar en eucaristías de las diócesis distintas a la de cada uno, lo cual nunca imaginamos, junto con feligreses conectados de parroquias alejadas de la nuestra.

¿Quiénes han hecho posible esta maravilla tecnológica? Muchos sacerdotes, como decimos, “se han puesto las pilas”, y a la par de ellos cada parroquia cuenta con un equipo de comunicación.

Jóvenes y mayores no han dudado en llevar al templo sus computadoras personales, mezcladores, micrófonos y cuanto aparato han podido, así como jalar cables, con el fin de sacar una transmisión de la misa por Facebook Live, usando la conexión de Internet de la casa cural; algunas parroquias han tenido que pedir más velocidad o comprar micrófonos.

Si el asunto se prolonga, deberán hasta adquirir cámaras y equipo extra, alguna inversión hay que hacer ahora que no hay colectas, pero Dios proveerá.

Sabemos de parroquias donde los laicos servidores graban con la cámara de sus teléfonos celulares, transmiten en directo, consumiendo los minutos de su Internet personal, con toda la buena voluntad.

Junto con ellos, llegan los técnicos de las empresas de cable locales con sus cámaras a transmitir la misa por medio del canal que dedican a los programas de la comunidad, y esto se ha repetido en todo el país.

Fieles congregados. Es otro ángulo de la realidad que vive hoy la Iglesia católica durante la pandemia que nos azota, con los templos cerrados.

Mucha gente que tal vez no asistía al templo parroquial o a su filial más cercana se ha congregado con gran devoción y regocijo en su casa.

Un párroco me contó que la respuesta ha sido grandiosa: “¿Cuándo imaginaríamos dos mil seiscientas personas conectadas en una misa (…)? Qué lindo padre, me dijo una señora, la misa en casa… Sí, muy bonito, pero falta lo principal, los hermanos congregados, el participar en comunidad”.

Y no se han limitado a la misa, transmiten también el rosario, la hora santa, un conversatorio entre los padres, todo ello con entusiasmo, con el agrado de la feligresía desperdigada en las cuarenta filiales, con el apoyo técnico de su equipo de comunicación parroquial, liderado por uno de los vicarios que es comunicador nato.

Está comprobado que la gente ha respondido, y tomo de ejemplo una parroquia que aprecio mucho, con sus calles de tierra y sus casas dispersas en un gran territorio.

Pero eso lo vemos en la mayoría de las parroquias que han recurrido a la tecnología, y si algunos padres no son muy duchos, los laicos de los equipos de comunicación se han echado al hombro la tarea y el sacerdote está cerca de su rebaño, con su sagrada misión.

El Jueves Santo anterior, durante la misa crismal, precisamente el día del sacerdote, ante la gran catedral vacía, añorando la feligresía ausente, escuché a uno de los obispos dedicar un especial pensamiento a los sacerdotes en su homilía: “Nosotros corremos el peligro de sentirnos un tanto inútiles, disminuidos en nuestras facultades y hasta lejos del pueblo que nos ha dado el Señor, y a quien le dedicamos lo mejor de nosotros mismos; pareciera que somos sacerdotes y obispos sin pueblo… ¡Nada ha cambiado! Somos ministros del Señor a tiempo completo, vivimos una especie de vida privada como la que vivió el Señor; es un tiempo de silencio, reflexivo y contemplativo de los misterios de la fe, tiempo de repensar toda nuestra vida ministerial anterior, y prepararnos para un futuro mejor. Quizá habrá mucho que el Señor nos pide mejorar. Queremos ser mejores cada día, mejores sacerdotes del Altísimo”.

Yo, como laico, echo para mi saco. Hace mucho, se dice que en la Iglesia llegó el tiempo de los laicos; los sacerdotes no pueden llevar solos la tarea, todos somos la Iglesia, vamos en la misma barca y en esta emergencia lo estamos comprobando.

El autor es periodista.