Víctor Chacón Rodríguez. 14 julio

Conducía por Golfito, y al divisar el viejo mercado, sugerí detenernos para conocer el lugar donde mi madre trabajó muchos años atrás.

Ella, con semblante sombrío y triste, la mirada perdida en el horizonte marino, cortamente dijo: “Prefiero quedarme, vayan ustedes, me trae malos recuerdos”. Bastaron pocas palabras para comprender que a inicios de los años cuarenta mi abuela era una mujer sola, con ocho hijos.

Hasta los más pequeños, como mi mamá, debieron partirse el lomo trabajando en aquel mercado, y se desvanecieron sus sueños de ir a la escuela. Algo parecido le sucedió a mi suegra, quien vivía en las faldas del volcán Irazú. Dos niñas a quienes les cortaron las alas de la enseñanza.

Paradójicamente, en 1869 la educación primaria, gratuita y obligatoria, fue establecida en la Constitución, lo que confirma lo dicho por historiadores, que el país se desarrolló con una visión vallecentralista.

El concepto de nación, la identificación de problemas y la planificación del bienestar se enfocó en los centros urbanos de San José, Cartago, Alajuela y Heredia. Ni siquiera en la totalidad de dichas provincias.

Lo que hoy denominamos la Gran Área Metropolitana (GAM) es lo que siempre concebimos como Costa Rica. Las zonas rurales, costeras o limítrofes eran sitios para vacacionar, o donde el desarrollo llegaría de manera vegetativa, a su debido tiempo.

Dura verdad. La pandemia desnudó la realidad de que, tras dos siglos, algunas cosas han cambiado poco. Que hay otra Costa Rica, donde las leyes laborales son ignoradas y no pasa nada. Donde la infraestructura, contenido y herramientas docentes muestran rezagos mayúsculos con respecto al promedio de la GAM (ya de por sí en declive), y tampoco se reacciona.

No lejos de este panorama están la salud, la cultura, la seguridad y la migración. Y no por falta de instituciones, pues tenemos, cuando menos, 300.

El bicentenario de nuestra independencia nos encontrará con una nación que emitió miles de leyes incumplidas; son tantas que se nos olvidan y perdemos el control de su manejo.

Algunas, por viejas, ya no cumplen su sentido original, pero siguen ahí, consumiendo absurdos trámites y costos.

Se alega que por carecer de recursos materiales y humanos es imposible observarlas. Eso es parcialmente cierto, porque también exhibe un Estado que creció desordenada y desmesuradamente.

Disparidades. Son muchos funcionarios, excelente y puntualmente pagados, con convenciones colectivas exquisitamente aderezadas, pero en labores de poco o nulo aporte; pero hay otros, generalmente en áreas rurales, costeras o limítrofes, que trabajan entre carencias, impotentes de no poder cumplir a cabalidad su función social.

Siempre, cuando meditaba sobre las dolorosas historias de mi madre y mi suegra, a quienes el entorno les negó el derecho a la educación, me convencía de que aquello era cosa superada, imposible en nuestra generación.

Los hechos revelados recientemente en esa otra Costa Rica, la rural, la costera, la limítrofe, me aterran y me conducen a cuestionar si realmente nunca la superamos, o si es el pasado el que regresa para alcanzar el presente.

El autor es director de la Cámara de Fondos de Inversión.