Álvaro Cedeño Molinari, Gustavo André Jiménez. 24 noviembre, 2019

Está de moda hablar de la cuarta revolución industrial, que se trata de una economía basada en la monetización de datos informáticos. El fenómeno encuentra sus orígenes en el siglo pasado y ya tiene dos décadas de avance. De hecho, estamos en los albores de la quinta revolución industrial, la cual será representada por la conectividad de la Internet de las cosas con velocidad y cobertura de la 5G. Si indagamos con atención debajo de las tendencias dominantes, veremos que ya se está gestando a pasos acelerados la sexta revolución industrial, con gran fertilidad en las zonas tropicales del mundo.

Algunos elementos de la cuarta y quinta revoluciones estimularán la sexta. Por ejemplo, la conectividad de la 5G facilitará el comercio entre dispositivos sin intervención humana (comercio D2D), las fintech (aplicaciones tecnológicas a las finanzas) y la biométrica para conocer mejor nuestros cuerpos y alcanzar niveles más altos de eficiencia y productividad. También, la computación cuántica, de la cual ya hay algunas señales de éxito como tecnología naciente, permitirá efectuar billones de simulaciones más que hoy para pronosticar con mayor precisión algunos escenarios futuros. Esto es indispensable, por ejemplo, para la operación de vehículos autónomos, o sea, sin chofer.

Cuerda floja. Por supuesto, muchas de las tecnologías cuyo impacto exponencial conocemos continuarán avanzando. Debemos superar la dicotomía de que las máquinas suplantarán a la mano de obra. La inteligencia artificial vinculada al ingenio humano nos hará mucho más productivos, tal y como ha sucedido con toda ola de innovación en el pasado. La computación en la nube brindará muchísima mayor capacidad de almacenamiento y procesamiento de datos (big data) y el blockchain reorganizará la economía haciendo a las empresas más descentralizadas, desintermediadas, confiables, transparentes y con trazabilidad absoluta en su cadena de valor.

Sin embargo, nos encontramos en un punto de inflexión planetario por la degradación acelerada de la biósfera, esa fina membrana donde habita y se sustenta toda la vida en la Tierra. El agotamiento de recursos naturales es alarmante, pues estamos consumiendo un 50 % más de los que la biósfera puede naturalmente restaurar y vivimos en un modelo económico lineal que los extrae, los procesa industrialmente y terminan siendo desechos en la naturaleza misma. Este punto de inflexión no implica el fin del planeta ni de la vida que lo habita, pero sí implica, forzosamente, un cambio profundo en la civilización humana como la conocemos, ya sea que la inacción nos lleve al colapso o que lideremos con eficacia la transformación hacia una economía circular y regenerativa. Dentro de diez años la humanidad no será igual.

Tres ejes. La oportunidad de la sexta revolución industrial es, además, una imperiosa necesidad para todos los seres humanos sin distingo de nacionalidad, condición socioeconómica o nivel de conciencia del problema. Existen tres ejes fundamentales para hacerla posible: la ciencia, la energía y el talento humano.

Respecto a la ciencia, los avances en genómica, nanociencia y física nuclear permiten imaginar una interacción mucho más cercana entre diminutos dispositivos electrónicos conectados a Internet, que se inflitrarán de modo celular en los seres vivos. Quizá lo más importante será la biomimesis o capacidad de imitar a la naturaleza en sus procesos altamente eficientes, productivos, circulares y regenerativos, para lo cual tendrán enorme ventaja las comunidades con entornos más ricos en diversidad biológica. Por ello, es posible que esta revolución suceda en algún lugar del trópico.

En cuanto a energía, avanzamos exponencialmente hacia la supremacía solar. La energía del sol que impacta el planeta será cosechada en tiempo real y utilizada o almacenada a un costo equivalente a cero y 100 % renovable.

Finalmente, el talento humano nos llevará a rediseñar nuestras organizaciones para contar con gobiernos descentralizados, automatizados, digitalizados, que faciliten a los ciudadanos el desarrollo de una agenda azul para preservar la calidad del agua y del aire que consumimos, de transformar subsidios a los combustibles fósiles en impuestos a la contaminación y al uso desmedido de recursos naturales, entre otros.

Costa Rica cuenta con las condiciones de fertilidad requeridas para ser un foco de incubación de esta sexta revolución tropical. Tenemos una muy rica biodiversidad, acceso a amplia cobertura marítima, abundancia de luz solar, talento humano de veloz aprendizaje en las ciencias y la tecnología y una larga trayectoria de toma de decisiones para preservar la naturaleza. A los costarricenses nos resultará más posible liderar esta nueva ola de innovación que a muchas otras naciones del mundo. Hagámoslo.

Álvaro Cedeño Molinari es director ejecutivo de Republik

Gustavo André Jiménez es consultor de INCAE